7 de mayo de 2010
Reflexiones en escritura semiautomática
Cuando tu mente sea libre de ataduras, cuando seas capaz de reaccionar y descubrir lo que ocultan las palabras sin rumbo, sólo entonces tendremos los dos unos minutos de demencia para con nosotros.
Porque sólo cuando las sirenas vuelan sobre el sol somos capaces de advertir la soberana estupidez que encierran los poemas de amor.
Porque una sonrisa escarchada congela el alma a los peces, y porque una mirada certera atraviesa corazas.
Porque no sentir es no querer recordar, y no recordar es renegar del pasado, y el pasado es lo último que nos queda cuando todo está a punto de terminar.
Porque a vista de pájaro todos somos igualmente humanos, y lo humano es olvidar todo lo malo, y lo malo es el mejor tatuaje, o el más fácil de quitar, según queramos.
Porque no siempre es buena idea ser pasional, y menos aún ser racional, y menos aún intentar ser lo que no eres.
Porque con cada persona que conocemos desplegamos un abanico de posibles catástrofes, pasiones, recuerdos; pero sencillamente nos guiaremos por los instintos, y el instinto más básico nos va a decir “ama, huye, besa, muerde”, y así nos van las cosas.
Porque dejar fluir los pensamientos no es signo de demencia, y creer que esto es demente es signo de que no deberías estar leyéndolo.
Porque así serán las cosas, pero a mí que me las cuenten bien. Porque el mejor juicio será el mío, y porque el paraíso inalcanzable en este mundo es y será siempre la objetividad.
Porque por eso prefiero aprender viviendo antes que informándome.
Porque sólo cuando tu mente sea libre de ataduras, cuando seas capaz de reaccionar y descubrir lo que ocultan las palabras sin rumbo… Sólo entonces te dejaré venir conmigo a aquel lugar donde las realidades se hacen sueño.
17 de abril de 2010
Nota a Bécqer:
Hoy han vuelto las golondrinas.
Y han cambiado el color del cielo. Las Tardes Grises son ahora añiles.
Y tus viejos versos de alas negras sobrevuelan la ciudad. Comprueban que todo está en orden, navegan entre las frías nubes. Son los heraldos del cambio.
“Ya falta poco”, parecen decir, “traemos buenas nuevas del sol…”
Y han cambiado el color del cielo. Las Tardes Grises son ahora añiles.
Y tus viejos versos de alas negras sobrevuelan la ciudad. Comprueban que todo está en orden, navegan entre las frías nubes. Son los heraldos del cambio.
“Ya falta poco”, parecen decir, “traemos buenas nuevas del sol…”
8 de abril de 2010
Habría que pensar en esto
La televisión es el instrumento de control de masas por excelencia. Ahora piensas: “Uuf, anda que no habré leído yo veces esta frase…”
Pues atento: de cada diez personas que lean esto, sólo una se habrá parado alguna vez a meditarlo detenidamente. Piénsalo: un instrumento de control. Es perfecta para llevar a los borregos a un mismo redil, sin ovejas desbocadas que piensen más de lo necesario. Publicidad, sensacionalismo; son las dos claves del control. Modas, éxito, felicidad: lo que más nos toca. Nos tienen atados.
En televisión, casi (y digo casi) todo lleva a una sola cosa: no pensar. Apaga la tele un minuto, detente en la frase que abre este artículo, piensa en ella. Quizá tengas suerte, y seas una de esas personas que prefieren un buen libro a una hora de Caja Tonta (¡qué gran nombre!).
Me resulta incomprensible cómo alguien puede pasarse horas y horas frente a esa pantalla, tragándolo todo sin moderación, sin pensar si esta noticia es relevante, o en qué valores se está educando a mi sociedad, o si voy a sacar algo bueno de ver este programa… Sería en verdad genial que la gente tuviese inquietudes, ideas propias, afición por la lectura, gusto de aprender por aprender… Disculpad, ya vuelvo a soñar despierta... me voy a ver Gran Hermano, a ver si se me pasa.
25 de marzo de 2010
Reset
Y todo vuelve a empezar.
Otra vez.
Empiezas a andar tranquilamente. Hoy es un buen día, y todo va a salirte bien. No hace ni frio ni calor, hay poca gente en la calle y ni una nube en el cielo; pocos coches, como a ti te gusta. Algo vibrante suena en los cascos que llevas en los oídos, y estás en tu momento videoclip. Sólo el sentido común te impide ponerte a cantar, moviéndote al ritmo de la música mientras caminas.
Lo dicho, un Buen Día.
Por placer, sin buscar provocación, miras a las chicas que van pasando por tu lado. Van de compras, charlan, caminan deprisa, hablan por el móvil, ríen.
Justo entonces te fijas en una que acaba de salir de una tienda, y echa a andar unos pasos por delante de ti. Ya no sabes qué canción suena en los cascos. Viste unos tejanos, deportivas, y una camiseta roja que le queda genial. Lleva coleta, no está maquillada, ni adornada con pulseras, pendientes ni chismes. Sólo unas gafas de sol colgando de la camiseta. La chica es realmente guapa, y muy elegante, a pesar de la ropa que lleva. Te gustan las chicas así.
Saca un mp3, y como tú, se pone unos cascos XL para evadirse. Tu curiosidad empieza a ser considerable.
Llegáis a un paso de cebra, y casi no te has dado cuenta. Os paráis. Estás a un paso de ella, y ves que en la lista de música de su mp3 hay un montón de canciones que te encantan. La chica se ha dado cuenta de que la estás mirando, y te echa una ojeada rápida de inspección rutinaria. Te quedas helado. Pero algo en ti le ha hecho detener su inspección. La chica mira el libro que llevas en la mano. Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez. Te mira a los ojos,
- “Ese libro es genial”
- “Gracias”
Ella te sonríe divertida, y echa a andar. El semáforo se ha puesto en verde.
“¿Gracias?, ¡¿Gracias?! ¡Si es que soy gilipollas!” piensas. Aún no se te ha bajado el calor de la cara. Seguro que estás rojo como un tomate.
Ves a la chica misteriosa de la música guay y amante de García Márquez alejarse por la calle.
“Qué desastre.”
- Ciertamente.
¿Quién ha dicho eso?
A tu izquierda hay un hombre de edad indefinida. Tiene un aspecto totalmente normal, el pelo ni muy largo ni muy corto, ropa de calle casual y discreta; las pintas del que no quiere llamar la atención. Te está mirando con una media sonrisa entre comprensiva y compasiva.
- A veces, nos gustaría volver a vivir los momentos pasados, para hacerlos mejor, ¿verdad?
Estás sorprendido, pero, qué diablos, tu cara debe ser un cuadro, y es lógico que el desconocido se halla dado cuenta de todo.
- Pues sí, a veces lo deseo de verdad…
- Pues creo que sé cómo ayudarte. ¿Ves ese cartel de ahí?
Te señala un cartel pegado en un muro cercano. Es del concierto que un grupo de música folk va a dar en una sala bastante conocida de la ciudad, la Sala Reset. Es un cartel muy llamativo, y en primer plano destaca el símbolo de la sala de conciertos, un botón rojo en el que se lee claramente “RESET”, reinicio.
Cuando te giras de nuevo hacia el hombre, no lo encuentras por ninguna parte.
Vuelves la vista al cartel. Está a sólo unos metros de ti. Te acercas para verlo mejor, y caes en la cuenta de algo realmente extraño. El botón rojo es de verdad. Debajo está el eslogan de la sala de conciertos: “¿Quieres repetir?”
Sin pensar muy bien en lo que haces, pulsas el botón.
- - -
Y todo vuelve a empezar.
Otra vez.
Empiezas a andar tranquilamente. Hoy es un buen día, y todo va a salirte bien. No hace ni frio ni calor, hay poca gente en la calle y ni una nube en el cielo; pocos coches, como a ti te gusta. Algo vibrante suena en los cascos que llevas en los oídos, y estás en tu momento videoclip. Sólo el sentido común te impide ponerte a cantar, moviéndote al ritmo de la música mientras caminas.
Lo dicho, un Buen Día.
Otra vez.
Empiezas a andar tranquilamente. Hoy es un buen día, y todo va a salirte bien. No hace ni frio ni calor, hay poca gente en la calle y ni una nube en el cielo; pocos coches, como a ti te gusta. Algo vibrante suena en los cascos que llevas en los oídos, y estás en tu momento videoclip. Sólo el sentido común te impide ponerte a cantar, moviéndote al ritmo de la música mientras caminas.
Lo dicho, un Buen Día.
Por placer, sin buscar provocación, miras a las chicas que van pasando por tu lado. Van de compras, charlan, caminan deprisa, hablan por el móvil, ríen.
Justo entonces te fijas en una que acaba de salir de una tienda, y echa a andar unos pasos por delante de ti. Ya no sabes qué canción suena en los cascos. Viste unos tejanos, deportivas, y una camiseta roja que le queda genial. Lleva coleta, no está maquillada, ni adornada con pulseras, pendientes ni chismes. Sólo unas gafas de sol colgando de la camiseta. La chica es realmente guapa, y muy elegante, a pesar de la ropa que lleva. Te gustan las chicas así.
Saca un mp3, y como tú, se pone unos cascos XL para evadirse. Tu curiosidad empieza a ser considerable.
Llegáis a un paso de cebra, y casi no te has dado cuenta. Os paráis. Estás a un paso de ella, y ves que en la lista de música de su mp3 hay un montón de canciones que te encantan. La chica se ha dado cuenta de que la estás mirando, y te echa una ojeada rápida de inspección rutinaria. Te quedas helado. Pero algo en ti le ha hecho detener su inspección. La chica mira el libro que llevas en la mano. Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez. Te mira a los ojos,
- “Ese libro es genial”
- “Gracias”
Ella te sonríe divertida, y echa a andar. El semáforo se ha puesto en verde.
“¿Gracias?, ¡¿Gracias?! ¡Si es que soy gilipollas!” piensas. Aún no se te ha bajado el calor de la cara. Seguro que estás rojo como un tomate.
Ves a la chica misteriosa de la música guay y amante de García Márquez alejarse por la calle.
“Qué desastre.”
- Ciertamente.
¿Quién ha dicho eso?
A tu izquierda hay un hombre de edad indefinida. Tiene un aspecto totalmente normal, el pelo ni muy largo ni muy corto, ropa de calle casual y discreta; las pintas del que no quiere llamar la atención. Te está mirando con una media sonrisa entre comprensiva y compasiva.
- A veces, nos gustaría volver a vivir los momentos pasados, para hacerlos mejor, ¿verdad?
Estás sorprendido, pero, qué diablos, tu cara debe ser un cuadro, y es lógico que el desconocido se halla dado cuenta de todo.
- Pues sí, a veces lo deseo de verdad…
- Pues creo que sé cómo ayudarte. ¿Ves ese cartel de ahí?
Te señala un cartel pegado en un muro cercano. Es del concierto que un grupo de música folk va a dar en una sala bastante conocida de la ciudad, la Sala Reset. Es un cartel muy llamativo, y en primer plano destaca el símbolo de la sala de conciertos, un botón rojo en el que se lee claramente “RESET”, reinicio.
Cuando te giras de nuevo hacia el hombre, no lo encuentras por ninguna parte.
Vuelves la vista al cartel. Está a sólo unos metros de ti. Te acercas para verlo mejor, y caes en la cuenta de algo realmente extraño. El botón rojo es de verdad. Debajo está el eslogan de la sala de conciertos: “¿Quieres repetir?”
Sin pensar muy bien en lo que haces, pulsas el botón.
- - -
Y todo vuelve a empezar.
Otra vez.
Empiezas a andar tranquilamente. Hoy es un buen día, y todo va a salirte bien. No hace ni frio ni calor, hay poca gente en la calle y ni una nube en el cielo; pocos coches, como a ti te gusta. Algo vibrante suena en los cascos que llevas en los oídos, y estás en tu momento videoclip. Sólo el sentido común te impide ponerte a cantar, moviéndote al ritmo de la música mientras caminas.
Lo dicho, un Buen Día.
18 de marzo de 2010
Una tarde de Verano
El otro día pasó algo realmente extraño. Algo singular, difícil de creer.
Eran las cuatro de la tarde. Estábamos tomando el sol alrededor de la piscina, en calma total. No teníamos nada más que hacer que sentir cómo los rayos dorados nos tostaban la piel poco a poco.
Pero entonces, una nubecilla estúpida e impertinente vino a taparnos el sol. Como suele pasar, en unos segundos nuestros cuerpos estaban fríos y mustios. Bastante molestos increpamos a la nube: “¡Eh, tú, nubecita tonta! Quieres pelea, ¿no es eso? Si vas a fastidiar no seas cobarde, ¡baja si te atreves!”
Como si nos hubiera oído, empezó la nube a hincharse más y máaas… No, espera… ¡Estaba bajando! Descendía lentamente, como colgada de una polea. Vimos que en realidad no era tan grande, tenía el tamaño de un utilitario. Pero en cambio era blanca, fresca y esponjosa, como la lana de un borreguito.
Cuando estuvo a medio metro sobre la piscina, se dejó caer en bomba al agua, salpicando enormemente, y dejándonos a todos como una sopa, a la par que bastante sorprendidos. Ella quedó flotando tan tranquila, en medio de la piscina.
No recuerdo quién… pero uno de nosotros, al estar empapado, consideró que ya daba igual, y saltó sobre la nube.
Rebotó en ella, resbaló, y cayó al agua entre carcajadas.
Por supuesto, todos nos sumamos a este juego tan divertido. Buceamos por debajo, botábamos sobre ella, la arrastrábamos por la piscina. Ella se dejaba llevar a la deriva; ahora se hundía, luego emergía como un ballenato juguetón y nos salpicaba... Nuestras risas, los ruidos de los salpicones del agua y los gritos de los juegos llenaban el silencio de la calurosa tarde.
Pasó mucho rato, y, exhaustos, nos sentamos en el bordillo. Jugamos a pasarnos la nube como si fuese un barquito, y a hacerle cosquillas con los pies. La nubecilla se reía y nos tiraba bolitas de granizo…
Luego, el Sol empezó a esconderse tras el horizonte. La nube, que se dio cuenta, se quedó muy quieta un segundo. De pronto, salió del agua, y se sacudió como un perrito, salpicándonos de nuevo. Flotó unos instantes sobre nosotros, y gritó “¡Papá!” al sol. Acto seguido, echó a volar tras él. La vimos partir y perderse de vista entre sus hermanas.
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