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15 de mayo de 2011

Tarde de estudio (Parte III)

                          “Cuando entré en la universidad de económicas, que por aquel entonces andaba en Madrid, yo era un estudiante más. Notas normales, expediente regular, un chaval discreto, vaya. Pero en mi cuarto curso ocurrió algo. Un día andaba yo documentándome para un proyecto, no recuerdo de qué trataba, y estaba en la biblioteca de la facultad rodeado de libros. No encontraba nada interesante y, enfadado, di un fuerte puñetazo a la mesa. Una pila de libros a mi lado se tambaleó, pero logré sujetarlos todos justo a tiempo… Todos excepto uno, que cayó al suelo con un golpe sordo, aún lo recuerdo. Abierto por una página al azar.

Algo en él me llamó la atención al recogerlo. Parecía muy usado, desvaído, y lo que en él leí me dejó más que asombrado. La historia de un tal C.V. Un “economista temprano”, un hombre que asesoró a emperadores en Asia y Europa oriental, que sacó a imperios de la ruina más absoluta, que sentó los cimientos del progreso económico, cuyos escritos fueron considerados heréticos. Sus libros sirvieron para prender el fuego en el que murió condenado por brujería en Inglaterra, a mediados del siglo VII.


Busqué y busqué sin pausa. Pasé noches en la biblioteca leyendo como un condenado, pero no encontré nada más. El día de la exposición, me planté frente a la clase en ayunas, sucio y sin dormir, y recité de memoria las escasas líneas que conocía acerca de esas dos siglas, C.V. Ni que decir tiene que suspendí, tanto ese trabajo como la asignatura. El profesor me la tenía jurada, y debió hablar de mí (intuyo que nada bueno) en el claustro de profesores, porque una semana más tarde el decano de la facultad se presentó en clase pidiendo hablar conmigo.

Salimos al pasillo. Mi terror inicial se fue apaciguando a medida que le contaba lo sucedido. Cuando quiso saber de qué había hablado en mi exposición, volví a recitar lo que encontré en la biblioteca. Su cara cambió, se puso pálido, y se tuvo que sentar en un banco cercano para recobrar el pulso. Más sereno, me dijo que prometía interceder por mí ante mi profesor si yo le traía el libro.

Corrí como loco hacia la biblioteca. Había dejado el libro, digamos “escondido”, entre los tomos de una aburridísima enciclopedia a la que nadie se acercaría ni en sueños. Al abrirlo, lo encontré totalmente en blanco.

Anonadado, me reuní de nuevo con el decano. No sabía cómo empezar a explicarle nada, pero él habló por mí. “Supongo que el libro habrá desaparecido, o no encuentras el párrafo en cuestión, o qué se yo. El caso es que no hay pruebas, ¿me equivoco?”. “Está en blanco”, fue todo lo que acerté a decir.

Entonces él me llevó a su despacho, me sentó frente a él, me ofreció una copita de brandy (que hoy he tomado antes de empezar a contarte esto), y empezó a hablar. Me relató cómo él de joven había encontrado un manuscrito en el que se hablaba de Carvech Fhörm. Cómo un profesor suyo había vivido algo similar con un libro que no había vuelto a aparecer. Cómo 70 años atrás, el abuelo de su profesor había oído una historia acerca de un economista de la Edad Media…

Ahí perdió la pista, pero los dos captábamos la esencia de lo ocurrido.

Nos llevábamos bien. Él se interesaba por mis clases, y hablábamos bastante. Decía con ironía que éramos los “elegidos”. No fue hasta bastante más tarde cuando se atrevió a hablarme con franqueza. Al parecer, lo que él había leído sobre Carvech Fhörm era mucho más que lo que me hizo creer la primera vez...”

- ¡Pero niña!, ¿qué horas son estas de andar al teléfono? ¿Con quién hablas?

- ¡Mamá, espera que esto es importante! Un momento, Ignacio, en seguida estoy con usted…

- Descuida, chiquilla…

- Cuelga ahora mismo que mañana tienes examen, pero vamos, ¡en cinco minutos te quiero ver en la cama!

- ¡Un momento, sólo un momento y cuelgo, mamá!

- ¡Un minuto y no más! –dijo. Y se fue de mi habitación a grandes pasos.

- Muchacha, anda, cuelga y mañana me llamas y te sigo contando. Tu madre tiene razón, necesitas descansar.


- Como usted quiera…



26 de junio de 2010

Tarde de Estudio (parte II)

Tras algunas pesquisas familiares, me enteré de que un tío segundo de mi madre que al parecer vive en Madrid es historiador económico (hay gente para todo).

¡Benditas Páginas Amarillas! Al teléfono me contestó un señor muy viejito, con la voz gastada, que hablaba muy suave:

- ¿Diga?
- Hola, buenas tardes, ¿el señor Ignacio Cornalte?
- Sí, soy yo, ¿quién habla?
- Me llamo Pilar Campano, soy Cornalte por parte de abuela materna, de María del Carmen, usted ya la conoce… el caso es que usted es tío bisabuelo mío, y es un placer conocerle.
- Eh… Igualmente, joven, ¿y a qué se debía tu llamada, si puedo saberlo? – su voz no denotaba enfado o molestia en absoluto; más bien parecía divertido por la situación.

- Sí, verá. Lo llamaba porque me he enterado de que usted era historiador económico, y tenía algunas dudas acerca de cierta persona…
- ¡Vaya, hacía años que no tenía público a quien contar batallitas! ¿Qué dudas tienes, hija mía?-me imaginé al pobre hombre contando aburridísimos datos históricos a sus nietos, que huirían a la menor ocasión… parecía en verdad entusiasmado, y eso no pudo más que darme alas:

- Se trata de algo que he leído por ahí… al parecer hubo un antiguo economista. Bueno, en realidad en esa época no se le podría considerar exactamente un economista, pero leí que sus ideas y sus teorías sacaron imperios de la bancarrota… -me detuve, dubitativa. ¿Y si era imaginación del editor? ¿O si no había datos acerca de nada y era una mera suposición?

- Sí, continúa, ¡esto es de lo más interesante! -La suave voz del ancianito me urgió a seguir.- ¿De qué época estamos hablando?
- Pues… del Medievo, no he encontrado una fecha exacta… - silencio absoluto al otro lado- … ¿Hola… Ignacio?

- ¿Me estás diciendo que has leído algo sobre un economista medieval…? – Ahora su tono era totalmente solemne, parecía incluso atemorizado. He de reconocer que me asustó un poco. Hablé muy despacio.

- Eeh… sí, bueno, su obra estaba fechada hacia el siglo VII…-me interrumpió bruscamente

- ¿¡Eran libros prohibidos!? – al momento pareció arrepentirse de esto último – quiero decir, esto… ¿dónde has leído eso, chica, en el ordenador, o…?

- En un libro –decidí no dar más explicaciones.- El hombre se llamaba Carvech Fhörm, Carvech con uve, y diéresis en la o de Fhörm, también con hache intercalada. ¿Le suena? – Por segunda vez, no obtuve respuesta. Me imaginé a mi interlocutor sin habla, una mano tapando el auricular, la boca entreabierta y en completo silencio, mirando al infinito desde un cómodo sillón en la penumbra de un despacho antiguo... Me empezó a entrar bastante mal rollo. - ¿Ignacio… sigue usted ahí?

- Sí… -parecía otro. Su voz sonaba desorientada- ¿Qué más sabes de esto que me estás contando?
-Pues… no mucho. Eso que usted ha dicho, que no se conserva nada de su obra, porque la catalogaron de libros prohibidos, y que hay gente investigándolo sin mucho éxito… Si me da un segundo, le leo lo que he encontrado. –No contestó. Decidí interpretarlo como un sí, y volé a mi habitación a por el libro de economía. A los pocos segundos ya estaba otra vez al teléfono, moviendo a toda velocidad las páginas, hasta llegar al tema 3, página 97.
No había nada. Nada de nada. Un recuadro sobre tipos de empresa, otro acerca de los inversores extranjeros, y nada más. Rebusqué histérica por el tema, por el anterior, por el siguiente, por todo el libro… Nada. Nada en absoluto.

- ¿Ya lo has traído, niña? –Me lo decía con urgencia, parecía que había recobrado un poco la compostura. Quizá hubiese echado un traguito reparador. Debió de notar mi silencio atónito. – ¿ocurre algo? ¿Eh, niña… (cómo te llamabas…), Pilar, dime, qué sucede? –tuve que coger aire, aún seguía mirando el libro como si fuese un pequeño monstruo asentado en mis rodillas.

- No se lo va usted a creer…
- Ya no hay nada de lo que habías leído, ¿no es eso?

Me quedé definitivamente sin habla.

- No te asustes… demasiado –dijo él.- Te contaré mi teoría si juras no hablar de esto a nadie. ¿Lo prometes? – yo seguía muda, así que, soltando un suspiro, él comenzó a hablar:
(continuará)

11 de junio de 2010

Tarde de Estudio (parte I)

Lo siento.

De verdad. De verdad de la buena. No escribo porque ahora estoy estudiando. Tengo saturación mental y con tanta química, filosofía y economía, mis ideas son artificiales y precocinadas. Es muy fácil hacerlo fácil, hacerlo sensacionalista.

Lo único que se me ocurre por el momento es hablar sobre lo que me pasó ayer mientras estudiaba economía. Resulta ser que a lo largo de la historia se han hecho diversas teorías acerca del funcionamiento de la empresa, y que tengo que aprendérmelas todas. En esas apasionantes lides estaba yo inmersa cuando algo en el libro de texto llamó mi atención.

Probablemente sepáis de qué hablo. Es uno de esos pequeños cuadros malditos, en el margen de las páginas de los libros. Hay por ahí una Ley de Murphy sobre ellos, que viene a decir que “cuando te dicen que te los aprendas, se te olvidará estudiarlos; si no entran, los leerás por encima y será lo que mejor te sepas de todo”.

Pues bien, el cuadrito en cuestión no tenía señal alguna, ni de “entra” ni de “no entra” (como inciso, recalco que yo siempre los tacho si no entran, me da así como gustito). No recordaba para nada haber visto el cuadrito cuando me tocó estudiar el tema 3. Obviamente, lo leí:

La teoría Económica de Carvech Fhörmn:
Poco o nada se sabe acerca de éste pensador medieval anglosajón. Su obra se perdió, por ser clasificada como libros prohibidos en el siglo VII. La historia cuenta que su política económica salvó imperios de la ruina, y los hizo prosperar. Numerosos investigadores y economistas tratan aún hoy de hallar algún vestigio de su obra, sobre la cual, dicen, se asientan las bases del progreso económico global. Por ser un “economista” tan temprano, y por la poca información disponible de él, C. Fhörmn no se estudia en los temarios de economía.


Vaya...

Después de leer eso, obviamente, poco o nada pude concentrarme ayer por la tarde. Visto lo cual, decidí que sería mucho más interesante investigar un poco sobre ese señor. Ni que decir tiene que no había nada en internet...

(continuará)