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5 de octubre de 2014

La mente anulada

            Anoche soñé que a la humanidad le llegaba su merecido. Caminaba por las calles de una ciudad apenas poblada, silenciosa, inquietamente  tranquila. No recuerdo la hora. A mi lado, un compañero de periplos, ¿un amigo? ¿Mi pareja? Nunca lo sabré. Sin rostro, sólo su presencia perenne junto a la mía. 

           Decía que andábamos por aquella ciudad el uno junto al otro. No teníamos prisa, pero tampoco nos demorábamos en pararnos a observar el entorno. Ambos llevábamos puestos nuestros auriculares, escuchando cada uno su música, aislados pero acompañándonos mutuamente, plenamente conscientes de la presencia del otro.

            A nuestro alrededor, un extraño espectáculo. Las escasas personas por las aceras marchaban ralentizadas, con grotescos movimientos mezcla de desesperación y un misterioso estado de ensueño perpetuo. Daba la sensación de que querían correr pero algo en su cabeza les obligaba a detenerse; se movían como sumergidos en barro. Los coches pasaban raudos a nuestra derecha, en su interior había más gente como nosotros, sin aparentes problemas de movilidad. Parecían no obstante nerviosos, claramente apresurados por llegar a quién sabe dónde.

            Los autómatas a pie no parecían reparar en nosotros. En mi ensoñación, y entre las melodías que llenaban mis oídos, alcancé a oír que mi acompañante me gritaba algo.
- ¿Qué? ¿Qué has dicho? –clamé sobre la voz del cantante
- ¡Que ya entiendo lo que ocurre!
- ¡¿Cómo?!
- ¡Qué sí! ¡Están todos anulados! ¡Tienen la mente y el cuerpo en punto muerto!



Más tarde, ya en calma y en nuestra guarida, me desarrolló su teoría más pausadamente.

- Verás, yo creo que a lo largo de los últimos años las personas han decidido no usar la cabeza, ir a lo fácil, ¿me entiendes? Como quien pasa horas frente al televisor, no quiere leer, escucha música monótona, qué se yo, cosas así. Últimamente la gente no tiene inquietudes, se aburren por cualquier motivo, viven pegados a sus pequeñas pantallas y desarrollan ansiedad si no tienen Internet, se ahogan en la rutina. Me parece que lo que ha pasado es que, de tanto no usar el cerebro, éste ha entrado en un estado de suspensión tan intenso que ha paralizado a sus cuerpos. Se han convertido en cascarones vacíos que aún no han perdido del todo sus capacidades. Algunos ya son meros vegetales, otros todavía consiguen articular palabras sencillas. Es un estado degenerativo global o algo así, ¿no te parece?
- ¿Y los coches, las motos que vimos antes? Esa gente está igual que nosotros, ¿no?
- Creo que sí, pero aún no se han dado cuenta de lo que ocurre. Están asustados, saben que antes o después les tocará a ellos. De hecho antes o después tú y yo nos volveremos nulos también.
- O tal vez no. Debe haber alguna forma de evitarlo, la cuestión es ¿cómo?

            Desde aquél día, para evitar la aniquilación de nuestra personalidad nos propusimos mantener a nuestra mente activa en todo momento. Empezamos por habar, hablar a todas horas, contarnos cosas, anécdotas, sueños, cualquier novedad que aflorase en nuestra cabeza, nuevos pensamientos o teorías. Al realizar tareas rutinarias o instintivas como caminar, siempre escuchábamos música, cada día algo nuevo, en todos los idiomas posibles. Tratábamos de aprender cada día un juego de mesa distinto, o practicar nuevas recetas de cocina, tal vez contar las hojas de un arbusto, hacer el amor, incluso escribir poemas ridículos. Y hacer deporte, mucho deporte, hablar en verso. Vimos cine de toda clase, leíamos de todo, a todas horas, en cualquier sitio. Manteníamos cuerpo y mente en un perpetuo estado de actividad hasta caer rendidos de sueño. Y al dormir creíamos sentir los chispazos que se producían dentro de nuestra cabeza al regenerarse nuestras conexiones neuronales; al asimilar todo lo aprendido. Los años pasaban rápidos, siempre teníamos ganas de más, cada vez nuestras mentes daban de sí más y más y más. Afuera todo era igual, todo iba a peor... Fue entonces cuando desperté.

19 de enero de 2014

Un insomnio con humor para llevar (a la cama)


Sólo quiero DORMIR, pero está claro
que no es a mí a quien decidir le toca,
y aburrida juega mi mente loca
a imaginar... que otea desde un faro.

Ya un verso por el Este se aproxima,
vuela esquivando el viento huracanado...
Mas temo que no exista aún el tornado
capaz de echarme hoy el sueño encima.

Recordando ése sueño que no tengo,
ya ni me atrevo a entrecerrar los ojos,
no sea que un demonio a sus antojos
                       venga por mí, si ve que yo no vengo.

Pues sé de buena tinta, y no lo invento,
que si a la fuerza trato de dormirme,
poco tardan mis males en batirme,
augurando un mal fin para éste cuento.

Vuela exhausta mi mente hace ya millas,
se refleja el pesar en mi faz triste...
Y es que hoy no estoy de humor para más chistes,
¡pero tampoco para pesadillas!




11 de marzo de 2013

El gato de ojos verdes



Ayer soñé que participaba en una competición universal. La prueba consistía en recorrer distancias infinitas en un barco sin más propulsión que el aire de un globo aerostático. La carrera comienza en un puerto desconocido, los competidores se escogen al azar por medio de métodos que nunca se explican al pueblo. Casualmente son siempre jóvenes que, como en mi caso, nunca han navegado. Cada equipo cuenta con cuatro participantes de distinta edad y experiencia, no se conocen entre ellos y probablemente no hablan el mismo idioma.

Nuestro globo era obsequio de un patrocinador asiático muy poderoso. Tenía la forma de una cabeza de gato, con rasgos de cómic anime y de colores muy vivos. Era una bellísima construcción con orejas y hocico, en tonos marrones, rojos, blancos y de verdes y enormes ojos que filtraban la luz del sol y teñían nuestra piel, haciéndonos contrastar con el mar y el cielo.

Como he dicho era un sueño, y no hay muchos más detalles que pueda dar. Recuerdo que el gato se agitaba rabioso seis metros por encima de nuestras cabezas. Antes de soltar amarras, los miembros de mi equipo y yo intercambiamos miradas. Una chica rubia diminuta y aterrada, y dos chavales que inmediatamente hicieron piña y que presumían de saber hacer surf. No conozco sus nombres, y probablemente muriésemos en aquella locura, así que no consideramos necesario presentarnos entre nosotros.

La última imagen que cruzó mi mente fue ver pasar las olas a toda velocidad a ambos lados del barco; la espuma del mar y los rayos de sol cegándome e irritando mis ojos. Desperté nada más comenzar a navegar. Minutos después aún sentía los verdes ojos gatunos observándome desde lo alto.

25 de julio de 2012

Recuerdos ficticios IV

             Nada en el ambiente podía presagiar lo que ocurriría ese día. No cambió el tiempo, ni huyeron los animales. No hubo amenazas terroristas, no se averió la lavadora, no tembló la tierra del camposanto, y la gente no se suicidó en masa saltando desde el Empire State. Ningún profeta anduvo inquieto por las calles. A ninguna vieja le dolieron las rodillas, ni los zahoríes hallaron pozos de sangre en la tierra.

            Por eso, nada se pudo sospechar cuando al levantarnos aquella mañana el cielo amaneció prácticamente igual que el día anterior. Simplemente se dio por sentado que era un día más, y la vida siguió su curso con normalidad.

            Y no fue hasta las tres de la tarde cuando todo empezó a cambiar. Nadie tuvo miedo al principio, individualmente todos pensaron que estaban soñando. Pero bastaron unos minutos para que no se pudiera negar lo evidente: el mundo se ralentizaba, como sumergido bajo el agua. Los movimientos se volvían torpes y costosos para las personas. Los coches no arrancaban, las bicicletas se bamboleaban torpemente y se desestabilizaban; y una suerte de ingravidez muy leve parecía atacar a los cuerpos, que se elevaban unos pasos sin poder evitarlo, y habían de sujetarse con gran esfuerzo al mobiliario o los árboles para no flotar en el aire, como algas mecidas por invisibles corrientes marinas.

            Algunas madres chillaban desesperadas mientras veían a sus bebés flotar alejándose de ellas sin remedio. Los pequeños, al contrario, parecían encontrar divertida aquella sensación de bucear en el aire, y se los veía jugar felices, varios metros por encima de los tejados de la ciudad.

            A medida que pasaban las horas se hizo más y más patente que aquel mal que la humanidad sufría iba a peor. El aire escaseaba ya, y a falta del mismo se nublaba la mente y se tenían visiones. Todo el que pudo se refugió en tiendas, casas o recintos cerrados, muriendo de asfixia a las pocas horas. Los encontramos pegados al techo. Fueron incapaces de llenar sus pulmones, sin atreverse sin embargo a abrir puertas o ventanas.

            Cada vez era más fuerte la ingravidez, y ya hasta las copas de los árboles se dejaban llevar a cámara lenta. Los pájaros dibujaban complejas figuras en el aire. Los sauces y palmeras se asemejaban a lentas anémonas ancladas al fondo marino.

            En las calles, la gente comenzó a morir de asfixia sobre las diez de la noche. Apenas eran ya capaces de mantener los pies en el suelo a fuerza de hacer movimientos ondulantes con los brazos y equilibrarse con pesados y torpes pataleos. Agotados, soltaban el poco aire que sus pulmones lograban retener, sus ojos se cerraban, y caían muy despacio al suelo, en un beatífico gesto acompañado por el ondular de sus cabellos y ropas.

            A esas horas, los pocos que quedábamos vivos decidimos a la desesperada dejarnos llevar, y fingiendo nadar nos desplazamos lenta y penosamente por las avenidas sembradas de cadáveres hasta alcanzar el rascacielos más grande de la ciudad.

            Trabajosamente comenzamos su ascenso. El esfuerzo físico no se limitaba a sujetarse a las cornisas y dejarse llevar hacia arriba; lo realmente complicado era encontrar aire con el que oxigenar nuestros músculos agarrotados. Muchos de nosotros no aguantaron el cansancio o el dolor, y los veíamos dejarse caer y flotar como en un sueño, hasta posarse en el suelo junto con los demás muertos.

            Tras una hora de tortura alcanzamos la cima del edificio, donde se respiraba claramente mejor. Tras descansar unos minutos, emprendimos la misión suicida de nadar hacia arriba en busca de aquel aire que nos faltaba y que, con cada nueva brazada, parecía aumentar en el ambiente un poco más.
           
            Perdimos la cuenta del tiempo que llevábamos así. Al menos ahora disponíamos de todo el aire que necesitábamos. No obstante, y debido al agotamiento, muchos más cayeron en el camino, y bajaron flotando con los ojos cerrados. Cuando nos cansábamos demasiado nos asíamos los unos a los otros y parábamos a dormitar. Poco después, iluminados por la luna continuábamos la ascensión.

            Al rayar el alba, pocos metros nos separaban de las nubes. Con nuestro último aliento las atravesamos. Algunas personas también murieron ahí, incapaces de resistir a la humedad y el frío extremos. Los pocos que quedábamos alcanzamos, finalmente, moribundos y abatidos, el otro lado de la capa de nubes.

            Justo en ese momento, el sol surgió del horizonte, y la luz nos golpeó de lleno con toda la calidez de que fue capaz. Nos invadió una paz y una calma absolutas, y desde ahí arriba, vimos nuestros cuerpos caer despacio hacia el abismo, sumidos en sueños hermosos. O eso suponemos, ya que nuestros rostros sonreían.

8 de diciembre de 2011

En qué pensaba cuando te dije que "en nada"

Esta tarde camino sin rumbo pero con un destino establecido. Decenas de pensamientos de helio flotan a mi alrededor y me siguen dondequiera que vaya, atados con largas cintas de hilo negro que convergen en mi muñeca.

Uno de ellos estalla ante mí y el verano me salpica con su olor a mar y música, a polvo de arena, calor pegajoso, a reencuentros, a besos, a luces y sombras tatuando mi piel.

De repente, una manada de enormes lobos grises ahuyenta a la gente más próxima. Aterrada, recorro las calles desiertas como una sombra, huyendo para salvar mi vida. Pero ellos me rodean, no me hacen daño. Son delfines de la metrópoli que quieren protegerme… ¡de ése tranvía que se abalanza sobre mí!

Consigo saltar hacia un lado en el último segundo, aterrizando sobre un zarzal repleto de espinas. Y mientras el estruendo invade mis oídos permanezco boca abajo, inmóvil. He tragado tierra, las palmas de mis manos están llenas de cortes, y la cabeza me da vueltas.

Cuando el tren termina de pasar me incorporo y cruzo la vía, tras la cual hay un denso bosque en el que me interno sin más arma que mis desnudas rodillas sangrantes. Los lobos han desaparecido y estoy completamente sola. No tengo nada ni a nadie. No tengo frío. No tengo miedo.

Tras vagar toda la tarde entre juegos de azar, rodeos y virajes, caigo rendida de sueño al pie de un olivo. A la noche, me despiertan las voces demoníacas de un aquelarre cercano. Y escapo sigilosa, aferrada a las cálidas plumas de un búho pardo, que me cobijan y me resguardan del viento en nuestro ascenso hacia los cielos.

Jirones grises desgarrados por la luna marcan nuestro camino. Pero mi amigo ha visto algo, una presa en tierra, y describe un vertiginoso giro justo antes de caer en picado en pos del ratón. Pierdo el equilibrio y caigo al vacío, a la negrura de las aguas del océano que me traga sin un ruido. Y me hundo irremediablemente, hasta quedar enredada el lecho de algas sobre el que, junto conmigo, descansan los restos de un naufragio centenario del que nadie más que yo volverá a hablar.

A base de paciencia logro desatarme y nadar hacia la superficie. Sólo entonces me doy cuenta de cuánto me gusta el aire, respirarlo y sentirlo a mi alrededor. Sin un plan establecido, me dejo mecer por la corriente. Boca arriba y acariciada por el sol, me voy quedando adormilada. En el primer barco que pasa me aguarda un copioso desayuno, pero declino la oferta, es tan cómodo flotar, es tan fácil vivir sin prisas…

Abro los ojos cuando siento que algo firme roza mi espalda. He alcanzado la costa. Me hallo en una pequeña ensenada rodeada de altísimas rocas. Tras comprobar que ni siquiera es la hora de comer, me dispongo a escalar los acantilados que ocultan aquello que el futuro me depara. Al terminar mi ascenso, me siento en una de las delicadas sillas que salpican este pequeño y acogedor café al que he llegado. La vista desde sus ventanales es tan hermosa que, para el momento en que un camarero se acerca a tomarme nota, ya me encuentro saciada. Me conformo con un té de manzana, gracias.

Y, relajada y sin preocupaciones, me recreo en el paisaje hasta que mi móvil vibra. La realidad me llama, he llegado a mi destino.

Así que, con un suspiro, apuro el té y salgo de mis pensamientos para encontrarme contigo.

31 de agosto de 2011

Empapados

Cientos de personas concentradas en un punto, dedicadas a pensar las mismas cosas, a llevar la misma ropa, a escuchar siempre lo mismo, sin variar. Sin cambios, sin desviaciones. Sin estridencias. Sin reírse ni llorar. Como si fuesen olas, tus dedos me llevan a lo más profundo del océano. La sal de tu ser me corroe y penetra mi piel. Como las olas, tus venas transportan recuerdos ficticios vividos… ¿ayer? Y yacen, aquellas horas yacen en el fondo de vasijas de barro que la lluvia no tardó en llenar. La lluvia. Mojado el asfalto, mojada mi mente, parada en la calle pienso qué bello sería dejarme arrastrar. Hundirme, subir bajar. Imaginarlo todo. Y vagar, vagar. El agua caliente no cesa de caer, los tejados no lo notan, pero no así mis hombros, hundidos del peso de acercarme y no atreverme, de poder y no querer.

Personas. Cientos, miles, ¡o millones! de personas. Encerradas en el aire, olvidándose de amar. Concentradas en vivir, ajenas a tantas cosas que ignoran que pueden ver con sólo cerrar los ojos. Y mientras tanto, no sufras, me dicen, no sufras, pronto se te pasará. Les pregunto, ¿pasarme? El tren ya pasó, así como el mar. Las olas se fueron y, sinceramente, no van a volver. ¿Pasarme la vida? ¿Empalada en lluvia? No veo por qué.

Salir del camino, marcharme, girarme. Y gritar ¡cobarde! al que quiera mirarme. Eso es lo que quiero, huir adelante. Separar mitades, escindir destinos. Pensar que no cuesta y hacerlo sin más. Escapar de los cinceles, refugiarme entre tus huesos. Comprender por qué luchamos. Beberme tu alma a besos. Y volver, y volver y tratar de convencer a todos de que quizá no sea mejor, pero es nuevo y es distinto, y que nunca es imposible tocar más fondo que ayer.


El problema siempre ha sido que hoy día la gente no piensa en correr.

30 de julio de 2011

Recuerdos ficticios (II)

¿Recuerdas nuestra muerte hace unos meses?

Me dijiste “Hoy va a acabarse el mundo. Hoy vamos a morir.

Ha amanecido de repente, y con tanta fuerza que los rayos de sol han rasgado el cielo. Una potentísima luz blanca se abrió paso, cegándonos a todos a través del gigantesco boquete abierto allá en lo alto.

Y, creciente por momentos, el ruido ensordecedor del agua hizo temblar los cimientos de cada edificio, tronando en nuestros oídos, enmudeciendo cualquier otra fuente de sonido. Inquietos, nos levantamos de la cama para ver qué ocurría allá afuera. Eran las lluvias cosechadas por las nubes para este invierno, que se desbordaban en cascada a ambos lados de la hendidura, de aquella brecha abierta en el cielo azul.

La cortina de agua era tan espesa que no dejaba ver al otro lado, y dividió en dos a la ciudad.

El efecto invernadero se intensificaba por momentos. Aparecieron el sudor y la humedad. Nos faltaba aire con el que llenar los pulmones, abrimos las ventanas del ático y nos desprendíamos de nuestras ropas, sin éxito. El calor rozaba el límite entre lo insoportable y lo mortal.

Las altas temperaturas hicieron que la vegetación tropical creciese prácticamente ante nuestros ojos. Si permaneciésemos más de diez minutos en un lugar, probablemente veríamos las flores salir del asfalto ardiente.

Las ratas huyeron a las seis de la mañana, pero nadie lo notó. Nadie lo sintió. Y no podíamos escapar, porque las carreteras estaban inundadas, y ya no había electricidad.

Un caudaloso río de barro y escombros corría a toda velocidad por lo que antes fueron las calles del centro. Nuestro edificio se salvaba por unos pocos cientos de metros. Pero el agua crecía sin pausa y arrasaba con todo aquello que encontraba a su paso. Nos quedaba poco tiempo.

Los nuevos árboles ya asomaban sus copas entre los edificios aún intactos. La lluvia empapaba todo, y allá donde mirásemos crecían brotes verdes alimentados de aquel sol que se derramaba quemando, creando vapor, matándonos a todos y a la vez haciendo brotar el verdor más intenso.

Esperando estoicos, tú y yo contemplábamos cómo nacía la nueva vida a costa de la nuestra. Quizá (probablemente) sea lo mejor para este planeta enfermo… el agua nos llega al cuello ya.”

Y nos abrazamos, nada más.

10 de mayo de 2011

El gran salto

Desde lo alto de la colina miré a mi alrededor. Qué extraño. Hacía tan sólo un minuto que había cerrado los ojos. Me acordaba perfectamente del tacto de unas manos dejando reposar mi cabeza sobre la almohada, llamándome al descanso. Tuve conciencia absoluta de caer dormida, de traspasar los umbrales del sueño. Y, al abrir los ojos, me encontré de pronto en aquel lugar.

Tan sola. Tan vacío.

Extensiones de verdor infinito, mirase donde mirase. Mis pies eran ligeros. Tan ligeros que mi cuerpo se elevó, lleno de aire. Floté sobre la hierba y bajé la colina deslizándome como un susurro. La brisa tenía colores, me envolvía, mecía mi pelo y acariciaba las puntas de mis dedos. Las comisuras de mis labios se elevaron poco a poco, junto con mis manos. Mis pies descalzos rozaban el trigo de los campos, y algunas golondrinas se aproximaron curiosas en vuelo rasante. Seguí avanzando sobre el suelo, flotando al igual que una hoja río abajo. Cada vez más rápido. Para ganar velocidad, me coloqué horizontalmente. Y funcionó. Probé a surcar la brisa a nado, con brazadas largas. Cada vez era más ligera, más aerodinámica. Las golondrinas no podían alcanzarme. Notaba el aire pasar a toda velocidad a mi lado. Quise setirme libre,  vivir del viento, quise soñar dentro de un sueño, quise notar la velocidad en mis entrañas. Quise vivir esa ficción cada momento de mi vida. Para ello cerré los ojos, y acto seguido desperté en mi cama.


Se acabó. Mis huesos pesados y torpes, mi inerte cabeza hundida en la almohada. Y era tan real, tan terrible y tan cierto como que estaba despierta. Estaba oscuro, pero mis retinas seguían cargadas de luz. No tenía sueño. No quería aquello. Sólo quería seguir volando.

Así que con prisas, urgentemente, abrí la ventana y volé…

Por fin. De nuevo la velocidad. Y nadé, nadé en el aire como hiciera antes. Atrevida, osada, probé a cerrar los ojos de nuevo.

Y afortunadamente, esta vez no desperté.

25 de enero de 2011

Desde mi ventana

Las estelas de nubes blancas se cruzaban en el cielo. Se entretejían, asemejando una red en la que los pájaros cautivos del atardecer se movían nerviosos. Sabedores de su encierro se resignan, y planean hasta posarse en los tejados.

De cara al último sol dorado de la tarde, desde lo alto de una azotea coronada de antenas de televisión, algunos gatos otean a lo lejos. Quizá miran a los pájaros. Quizá a la reja de nubes que alguien ha regalado hoy a esta vieja y cansada ciudad.

Mira… ¿Ves ese cielo azul, allá a lo lejos? Tras los barrotes de blanco vapor de agua… ¿lo ves? Nunca será tuyo. Pero siempre podrás soñar con él.

¡Ay, pobre Ciudad! Pobre, vieja, triste y cansada Ciudad. Tus viejos edificios, tus tristes avenidas y tus cansados habitantes.

No llores. Mira, ya viene el río, contándote historias del Este. Tranquila, ya se va el sol. Dentro de poco dejarás de ver esas rejas blancas.

Duerme, Ciudad, arrullada por los coches y bañada por la luna. Con el nuevo día olvidarás la noche, y con la noche olvidarás el día, y pasarán los años y finalmente olvidarás quién eres.

Y poco a poco, el sol se despedía de nosotros, pero sólo los gatos y yo nos dimos cuenta. Y la luna ni tan siquiera se molestó en salir.



Mañana será otro día… Otro día más...

17 de octubre de 2010

La tarde eterna


Quiero una tarde eterna contigo.
Esta tarde. Esta tarde será eterna si quieres, y vienes.

Recostados en la cálida penumbra
de una habitación rodeada de pestillos, rodeada de cerrojos y candados
en la que nadie puede entrar, de la que no podemos, no queremos
escapar.

Y estamos a tres metros, y me miras y estamos a tres milímetros, sin movernos del sitio. Yo leo algo, tú comentas otro algo, y yo paro de leer, y tú te callas. Y nos callamos, y nos miramos, y nuestros ojos se besan, y los cerrojos no dejan pasar al ruido ni al resto del mundo, mientras nos besamos, mientras nos amamos con los ojos.
Y luego, al cabo de uno o dos momentos (o años) me recuesto junto a ti. Y cierro los ojos. Y me dices ojalá esta tarde fuera eterna. Y yo te digo lo es. Y besas mis párpados. Me abrazas, cierras los ojos, cerramos los ojos, te duermes.

Y me duermo.

Y despierto sola en el sofá. Te intuyo entre mis pestañas, sentado en el sillón de enfrente. Tú tocas algo suavecito con la guitarra,

Te has despertado…
qué hora es
hora, qué son las horas… Igual da, esta tarde es eterna, ¿lo recuerdas?
entonces, buenas tardes
te quiero

Me quieres. Yo también te quiero a ti. No lo diré, pero lo sabes de sobra. Ambos lo sabemos.

Sigues tocando. Me acurruco en una manta. Canturreas algo casi en un susurro. Mis pies se mueven despacito al ritmo de tus dedos.

No puedo dejar de mirarte, tú miras las cuerdas de la guitarra yo me fijo en ellas también pero pronto me aburro prefiero mirar tus manos tu cara y te das cuenta me miras. Serio, como siempre. Esa seriedad tan tuya que a algunos asusta y a mí me fascina.

Vienes, y te tumbas a mi lado, y te acaricio el pelo muy despacio, y se te cierran los ojos más despacio aún. Te vas quedando dormido…

Te duermes

Mis ojos miran a las musarañas, que juguetean entre las cuerdas de tu guitarra. Apoyada en el sillón de enfrente. En esta tarde eterna.

Eterna, como nosotros.

18 de marzo de 2010

Una tarde de Verano


El otro día pasó algo realmente extraño. Algo singular, difícil de creer.
Eran las cuatro de la tarde. Estábamos tomando el sol alrededor de la piscina, en calma total. No teníamos nada más que hacer que sentir cómo los rayos dorados nos tostaban la piel poco a poco.

Pero entonces, una nubecilla estúpida e impertinente vino a taparnos el sol. Como suele pasar, en unos segundos nuestros cuerpos estaban fríos y mustios. Bastante molestos increpamos a la nube: “¡Eh, tú, nubecita tonta! Quieres pelea, ¿no es eso? Si vas a fastidiar no seas cobarde, ¡baja si te atreves!”

Como si nos hubiera oído, empezó la nube a hincharse más y máaas… No, espera… ¡Estaba bajando! Descendía lentamente, como colgada de una polea. Vimos que en realidad no era tan grande, tenía el tamaño de un utilitario. Pero en cambio era blanca, fresca y esponjosa, como la lana de un borreguito.

Cuando estuvo a medio metro sobre la piscina, se dejó caer en bomba al agua, salpicando enormemente, y dejándonos a todos como una sopa, a la par que bastante sorprendidos. Ella quedó flotando tan tranquila, en medio de la piscina.

No recuerdo quién… pero uno de nosotros, al estar empapado, consideró que ya daba igual, y saltó sobre la nube.

Rebotó en ella, resbaló, y cayó al agua entre carcajadas.

Por supuesto, todos nos sumamos a este juego tan divertido. Buceamos por debajo, botábamos sobre ella, la arrastrábamos por la piscina. Ella se dejaba llevar a la deriva; ahora se hundía, luego emergía como un ballenato juguetón y nos salpicaba... Nuestras risas, los ruidos de los salpicones del agua y los gritos de los juegos llenaban el silencio de la calurosa tarde.

Pasó mucho rato, y, exhaustos, nos sentamos en el bordillo. Jugamos a pasarnos la nube como si fuese un barquito, y a hacerle cosquillas con los pies. La nubecilla se reía y nos tiraba bolitas de granizo…

Luego, el Sol empezó a esconderse tras el horizonte. La nube, que se dio cuenta, se quedó muy quieta un segundo. De pronto, salió del agua, y se sacudió como un perrito, salpicándonos de nuevo. Flotó unos instantes sobre nosotros, y gritó “¡Papá!” al sol. Acto seguido, echó a volar tras él. La vimos partir y perderse de vista entre sus hermanas.