4 de febrero de 2012

Una certeza

Vienen y van, pero nunca vuelven. Así pasan los años para los chicos de la playa. Cada verano los ves, atemporales y estáticos. Agostos de ensueño, dulces despertares al sol, agua de mar en la  comisura de los labios y recuerdos entrecruzados sin orden ni necesidad del mismo. Superpuestos  para formar una idea etérea e irreal que sabe a libertad y juventud.

Pero hoy no es así. En tu nostálgico recorrer de avenidas, un cigarrillo te envenena el alma. Mientras, vas pensando que no fue una buena idea visitar el mar en invierno.

Y sin embargo los ves, cierras los ojos y los puedes ver. Juegan en la arena, corren tras un balón que cada año tiene un color distinto, pero es siempre la misma historia. No crecen. El día que lo hagan te harás viejo de repente, y el tiempo se te echará encima como aguacero de abril. Tienes miedo. Ahora que estás sólo frente al mar huraño de febrero, tienes miedo. Necesitas verlos. Lánguidos, tirados como fichas de dominó por los bancos del paseo marítimo, jugando a las cartas en la arena, saltando como delfines, esquivando espuma del rompeolas como si ardiese en sus pies descalzos.

Necesitas verlos para olvidar que no podrás volver a ser como ellos. Necesitas observarles cada año para enturbiar la certeza del futuro, más próximo con cada ola que el océano vomita.

Porque tienes miedo. Hoy y siempre, frente al mar, tienes miedo.

24 de enero de 2012

Verano del 36

Hoy, releyendo algo de Poeta en Nueva York, no he podido evitar pensar que es una suerte para mí no haber vivido en el mismo tiempo que Lorca.

Porque muy probablemente me habría enamorado de él, y habría terminado abriéndome la cabeza de un tiro en el lado opuesto del muro donde lo fusilaron.

15 de enero de 2012

La única gente que me interesa

      Lejos, muy lejos. Volaron tan lejos como la vista les permitió imaginar. Nadie en su sano juicio se habría atrevido a perseguirles, y sin embargo todos les observaron partir. Envidiosos.

      Allá entre las nubes se perfilaban sus siluetas. Nuestras manos se alzaron en pos de ellos, como si en lugar de despedirnos tratásemos de alcanzar su altura espiritual. Yo al menos lo intentaba.

      Pero ellos no tenían maldad, ni discriminaron nunca a nadie. Y me tendieron la mano, generosos. Y quién sabe si fue mi cobardía o mi apego al suelo lo que me impidió despegar y seguirles en su atemporal periplo por los campos de fresas.

      Sólo sé que ahora, cuando hablo con ellos, lo hago a través de suaves velos de tul; y cuando me abrazan se aferran al pasado. Y cuando cantamos juntos antiguos himnos, ellos surcan las profundidades de sus melodías mientras yo a duras penas logro aguantar la respiración en los solos de guitarra.

     Y sin embargo, allí están siempre. Los imagino sonrientes. “Entonces echaron a bailar…” Pero saben que yo también bailo… a mi manera.



3 de enero de 2012

Recuerdos ficticios III

¿Recuerdas ése encontronazo en la calle?

Aún no nos conocíamos bien. Nos habían presentado meses atrás, pero quiso la mala suerte que no nos volviésemos a ver de nuevo hasta ese momento.

Nunca sabré a dónde ibas o de qué lugar volvías. Yo había salido de casa sin preocupaciones. Y, de súbito, ahí estabas. A pocos metros. Los suficientes para que me reconocieras. Pero no sonreíste, ni yo lo hice tampoco.

Nos mantuvimos la mirada.

Y el suelo comenzó a temblar bajo nuestros pies. Mis manos sudaban. Un vendaval nos rodeó, haciendo girar hojas, paraguas y periódicos. El cielo se tornó negro. Las alarmas de los coches saltaron al unísono. Muchos de ellos explotaron. Los grandes árboles de la avenida se derrumbaron, levantando a su paso y con estruendo pavimento y aceras. Estallaron los cristales de las ventanas, se hundieron los muros de fuerza. Cayeron los tendidos eléctricos, de los que brotaban chispazos. La imagen del desastre reinante se difuminaba con el humo de los incendios que surgieron en cada edificio. Nadie sobrevivió a nuestro alrededor.

Todo se veía rojo, como las extrañas luces que, estáticas, frente a nosotros, nos mantenían inmóviles en nuestro sitio. Estallaron las bocas de riego, vencieron los cimientos de la ciudad. La tormenta eléctrica ocultó el sol.

Sobrecogida, abracé con fuerza las carpetas que mis brazos sostenían. Aún nos mirábamos, paralizados. Todo temblaba.

Sin previo aviso, la luz cambió de rojo a verde. Caminé atemorizada hacia ti.

- Hasta luego

- Hasta luego…

Y me giré para ver cómo desaparecías entre el caos, el humo y los cadáveres.

21 de diciembre de 2011

Humano,a (del lat. humānus)

Las fuerzas internas que se desatan en nuestras mentes nos obligan, a veces, a sonreír. Somos hojas, somos aire, somos vida y no nos importa nada. No hay meteorito capaz de hacer temblar nuestras convicciones. Recorremos rutas polvorientas en descapotables rojos, buceamos en simas de zafiro, respiramos como recién salidos del útero. Y vivimos, vivimos porque no nos queda otra, porque hemos nacido para esto, para sentir a ratos descargas eléctricas en la sangre. Escasos cinco litros que nuestros años navegan, sin más opciones que buscar una explicación a nuestros instintos primarios. Con la vista apenas conseguimos abarcar los próximos segundos, el salto que queremos dar, o el beso que se aproxima a nuestros labios.

Aprendemos tantas cosas que olvidamos cómo caminar, luchamos por diferenciarnos sin poder justificar por qué. No nos quedan pasiones por descubrir. Creemos en los dioses pero no en nosotros mismos. Y no obstante nuestra fe es tan fuerte que ya no necesitamos imaginar.

Nos abrimos paso a machetazos a través de casualidades y espinosos destinos insondables. Chocan las rectas secantes, saltan chispas, prende la llama y con ella vamos consumiendo nuestra inexplicable vida. Nos angustiamos por problemas que terminarán al parpadear, nos alejamos de quien nos ama y amamos a quien nos desprecia. Trepamos a la cima de montañas de dinero desde las que no hay más visión que la de las nubes, hechas de aire, como nuestros sueños.

Pero soñamos con ser alguien importante, dejamos nuestra ropa vieja y cómoda en el camino, morimos en el frustrado intento de vivir.

Y jamás, jamás escarmentamos.