12 de enero de 2011
Las ideas caminan de la mano
voy a consumir el tiempo que Queda entre hoy y mañana
Quedaré con alguien a quien no haya Visto en horas
Veré amanecer desde todos los Lugares del mundo
viajaré al Lugar en el que las Estrellas se engarzan en la vía láctea
me Estrellaré contra todas las barreras Ideológicas
Idearé el método para Arrancar unas lágrimas a un cactus
Arancaré la línea que separa el día de la noche, y me Ataré con ella el pelo
encontraré en los desvanes fajos de cartas antiguas Atadas con Lazos de raso
Enlazaré sílabas para que mis versos Entren en cintura
Entraré en callejones oscuros, y Saldré por donde vine
alcanzaré la Salida a la caverna, llegaré al mundo real Inundado de luz
Inundaré con nuestra sangre todos los rincones de esta Habitación
Habitaré en una Tela de araña durante el frío invierno
romperé el Telar de penélope, y escribiré a ulises para que vuelva a casa a Buscarla
Buscaré entre la Uña y la carne a los verdaderos amigos
lucharé con Uñas y dientes por un espacio en tus Pensamientos
Pensaré que todo esto ha sido un Sueño
Soñaré que Creíste verme entre los cortinajes de la aurora boreal
Creeré en el poder de la música para amansar a las Fieras
me adentraré en tu Fiereza y encontraré tu corazón Tierno
abrazaré con Ternura al bebé más Pequeño y desvalido
Empequeñeceré hasta que de mí no quede más que una Frase
“ésta Frase diminuta”
17 de octubre de 2010
La tarde eterna
Quiero una tarde eterna contigo.
Esta tarde. Esta tarde será eterna si quieres, y vienes.
Recostados en la cálida penumbra
de una habitación rodeada de pestillos, rodeada de cerrojos y candados
en la que nadie puede entrar, de la que no podemos, no queremos
escapar.
Y estamos a tres metros, y me miras y estamos a tres milímetros, sin movernos del sitio. Yo leo algo, tú comentas otro algo, y yo paro de leer, y tú te callas. Y nos callamos, y nos miramos, y nuestros ojos se besan, y los cerrojos no dejan pasar al ruido ni al resto del mundo, mientras nos besamos, mientras nos amamos con los ojos.
Y luego, al cabo de uno o dos momentos (o años) me recuesto junto a ti. Y cierro los ojos. Y me dices ojalá esta tarde fuera eterna. Y yo te digo lo es. Y besas mis párpados. Me abrazas, cierras los ojos, cerramos los ojos, te duermes.
Y me duermo.
Y despierto sola en el sofá. Te intuyo entre mis pestañas, sentado en el sillón de enfrente. Tú tocas algo suavecito con la guitarra,
Te has despertado…
qué hora es
hora, qué son las horas… Igual da, esta tarde es eterna, ¿lo recuerdas?
entonces, buenas tardes
te quiero
Me quieres. Yo también te quiero a ti. No lo diré, pero lo sabes de sobra. Ambos lo sabemos.
Sigues tocando. Me acurruco en una manta. Canturreas algo casi en un susurro. Mis pies se mueven despacito al ritmo de tus dedos.
No puedo dejar de mirarte, tú miras las cuerdas de la guitarra yo me fijo en ellas también pero pronto me aburro prefiero mirar tus manos tu cara y te das cuenta me miras. Serio, como siempre. Esa seriedad tan tuya que a algunos asusta y a mí me fascina.
Vienes, y te tumbas a mi lado, y te acaricio el pelo muy despacio, y se te cierran los ojos más despacio aún. Te vas quedando dormido…
Te duermes
Mis ojos miran a las musarañas, que juguetean entre las cuerdas de tu guitarra. Apoyada en el sillón de enfrente. En esta tarde eterna.
Eterna, como nosotros.
Esta tarde. Esta tarde será eterna si quieres, y vienes.
Recostados en la cálida penumbra
de una habitación rodeada de pestillos, rodeada de cerrojos y candados
en la que nadie puede entrar, de la que no podemos, no queremos
escapar.
Y estamos a tres metros, y me miras y estamos a tres milímetros, sin movernos del sitio. Yo leo algo, tú comentas otro algo, y yo paro de leer, y tú te callas. Y nos callamos, y nos miramos, y nuestros ojos se besan, y los cerrojos no dejan pasar al ruido ni al resto del mundo, mientras nos besamos, mientras nos amamos con los ojos.
Y luego, al cabo de uno o dos momentos (o años) me recuesto junto a ti. Y cierro los ojos. Y me dices ojalá esta tarde fuera eterna. Y yo te digo lo es. Y besas mis párpados. Me abrazas, cierras los ojos, cerramos los ojos, te duermes.
Y me duermo.
Y despierto sola en el sofá. Te intuyo entre mis pestañas, sentado en el sillón de enfrente. Tú tocas algo suavecito con la guitarra,
Te has despertado…
qué hora es
hora, qué son las horas… Igual da, esta tarde es eterna, ¿lo recuerdas?
entonces, buenas tardes
te quiero
Me quieres. Yo también te quiero a ti. No lo diré, pero lo sabes de sobra. Ambos lo sabemos.
Sigues tocando. Me acurruco en una manta. Canturreas algo casi en un susurro. Mis pies se mueven despacito al ritmo de tus dedos.
No puedo dejar de mirarte, tú miras las cuerdas de la guitarra yo me fijo en ellas también pero pronto me aburro prefiero mirar tus manos tu cara y te das cuenta me miras. Serio, como siempre. Esa seriedad tan tuya que a algunos asusta y a mí me fascina.
Vienes, y te tumbas a mi lado, y te acaricio el pelo muy despacio, y se te cierran los ojos más despacio aún. Te vas quedando dormido…
Te duermes
Mis ojos miran a las musarañas, que juguetean entre las cuerdas de tu guitarra. Apoyada en el sillón de enfrente. En esta tarde eterna.
Eterna, como nosotros.
20 de septiembre de 2010
"Patinete"
-Pero, ¡cómo vas a participar tú en la vuelta ciclista, Pati! –le decían sus amigos- ¡sólo eres un patinete!
-¡Pues yo quiero y quiero y quiero! –era siempre su machacona respuesta.
Tras estas discusiones, siempre le sobrevenía un estado de apatía en el que se mostraba huraño y gruñón con todos. ¿Por qué no podía participar él? Tenía dos ruedas y un manillar, como cualquier bici que se precie, y encima era mucho más ligero y aerodinámico… ¡aquello no era justo!
Cada año mandaba decenas de cartas llenas de por favores y súplicas, pero los organizadores no le tomaban en serio. ¿Un patinete en la vuelta ciclista? ¿Dónde se había visto eso?
¡Hasta que, por fin, brilló el sol! Tres días antes de la competición (que Patinete ya se había resignado a seguir desde el porche con sus amigos), le llegó una misiva por correo urgente. En ella, le informaban de que una bicicleta se había lesionado con un abrelatas, y le sería imposible participar en la vuelta ciclista de ese año. Por ese motivo, decían, hicieron una concesión a las peticiones de Patinete, permitiéndole realizar el recorrido.
Lleno de euforia, Patinete corrió a entrenar y a preparar la maleta. Llegado el gran día, tomó un autobús exprés, y partió hacia la provincia donde iniciaba la competición.
Nada más poner una rueda sobre el asfalto, los rumores surgieron a su alrededor:
-¿Estará de broma, no?
-¡Pero si es un patinete!
-Qué ridículo, ¿acaso cree que tiene alguna posibilidad frente a una bicicleta?
Haciendo caso omiso de ellos, Pati se encaminó hacia la línea de salida con decisión. Alguién alzó una pistola y… ¡Bang! Las bicis salieron disparadas por la carretera, pero el Patinete avanzó a buen ritmo, viéndolas perderse en la distancia.
En la primera cuesta abajo descendió a una velocidad vertiginosa sin necesidad de impulso, y alcanzó al grueso de los participantes. Cómo la bajada no le había costado esfuerzo alguno, la siguiente subida pronunciada le pilló con energía, y subió al mismo ritmo que las bicicletas. Ellas, extenuadas, apenas tenían fuerzas para continuar pedaleando. Comenzó una recta, y Patinete mantuvo una buena marcha.
Al final de la primera etapa había ganado cuatro posiciones.
Pasaron los días. Patinete mantuvo su original forma de competición, que daba unos resultados espectaculares. Tanto es así, que en la penúltima etapa llegó en cuarto lugar a la meta. La gente no daba crédito, y muchos participantes ya habían dejado de reírse de él desde el segundo día.
En la última jornada del Tour se masticaba la presión. Era el trayecto más largo y más difícil, pero Patinete estaba decidido a dejar su nombre en los periódicos.
Tras el disparo de salida, comenzó una terrible lucha por la medalla de oro. Era una batalla encarnizada, que pronto se tiñó de sangre. Hacia la mitad de la etapa se supo que muchas bicicletas habían desistido, estaban agotadas porque unos gamberros a sueldo no las habían dejado dormir la noche anterior. Otras tantas descubrieron que alguien había pinchado sus ruedas. Cinco habían sido descalificadas por dopaje, y a una la pillaron con un pequeño motor tras los pedales que la hacía correr rapidísimo.
En el último kilómetro, sólo quedaban Patinete y diez oponentes más. Pati estaba agotado, pero sacó fuerzas de flaqueza, y tras un intensísimo último sprint, llegó el tercero a la meta.
Los vítores más ruidosos de entre el público provenían, para su sorpresa, de una grada llena de… ¡patinetes! Tras la entrega de maillots y las fotos de rigor, Patinete volvió a casa convertido en leyenda, y fue el precursor de un nuevo deporte: la Vuelta al Mundo en Patinete.
11 de septiembre de 2010
La libélula de cuarzo (parte I)
Marietta de Salignac fue desde el principio inusitadamente aguda y despierta. A los tres años hablaba con total fluidez el francés y el alemán, lenguas maternas de sus progenitores. Aprendió a leer antes incluso de ser capaz de sostener los enormes libros que poblaban la biblioteca de su padre. Desde que tuvo permiso para sentarse a la mesa con los adultos, asombró a todos con locuaces y bien argumentadas intervenciones en temas de política, estado o economía. Fue autodidacta a la hora de aprender historia y arte, y pidió a sus padres, Condes de Salignac, un preceptor de aritmética y alquimia.
Al ser hija única, y noble, ninguno de estos inusuales caprichos le fue negado. Por deseo de su madre, tomó clases de costura y de laúd, que ella soportaba estoicamente. Su padre, por su parte, la inició en el mundo de la hípica y la cetrería. Después de los libros, no había nada que Marietta disfrutase más que montar a caballo por los bosques de su condado, o pasar horas hablando de halcones y águilas con los guardabosques al servicio de su padre.
Pero, en efecto, eran los libros los que absorbían la mayor parte de su tiempo y sus energías. En su octavo cumpleaños decidió que, a partir de entonces, sólo querría libros como regalo. Cintas, vestidos, juguetes o mascotas eran accesorios e innecesarios para ella. Su intención era tener tantos libros como días tiene un lustro. Sus padres, ambos cultos y bien instruidos para la época, mandaron orgullosos acondicionar una estancia de los aposentos de Marietta para almacenar la futura biblioteca de su hija.
Nunca consideraron que fuese un regalo descabellado o extraño. Un buen caballo no era mucho más caro que un libro encuadernado de París, y además los costes del transporte se reducían considerablemente al regalar libros.
Por tanto, en su duodécimo cumpleaños, Marietta tenía ya cuatro libros en su colección: Una biblia, una enciclopedia de arte, una Historia Francesa y un libro de poemas sobre la amistad, el amor y las batallas entre moros y cristianos. Por supuesto los había leído de cabo a rabo, y esperaba impaciente el banquete de aquella noche, la entrega de su regalo, y posteriormente la escapada furtiva a los jardines para leer toda la noche, bajo la luz de un farol, su nueva adquisición.
El libro que cayó en sus manos aquella vez era distinto de los demás. Sus padres así lo destacaron, pero era obvio que esos colores, las ilustraciones fantásticas, la adornada caligrafía y su gran tamaño hacían de él un libro muy especial. Un libro… de cuentos.
22 de agosto de 2010
Cuando diga ya
Cuando diga ya: abrirás los ojos y las montañas de agua se habrán evaporado, el humo de los volcanes se congelará, los icebergs a proa serán puro mar, todo se derrumbará y sucumbirá a nuestros pies.
Cuando diga ya... Cuando diga ya todo cambiará a tu alrededor, sólo quedaremos tú y yo, solos tú y yo, en suspenso, ¿vivos?, ¿muertos?, es igual.
Cuando digas "ya", diré ya.
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