11 de septiembre de 2010

La libélula de cuarzo (parte I)


Marietta de Salignac fue desde el principio inusitadamente aguda y despierta. A los tres años hablaba con total fluidez el francés y el alemán, lenguas maternas de sus progenitores. Aprendió a leer antes incluso de ser capaz de sostener los enormes libros que poblaban la biblioteca de su padre. Desde que tuvo permiso para sentarse a la mesa con los adultos, asombró a todos con locuaces y bien argumentadas intervenciones en temas de política, estado o economía. Fue autodidacta a la hora de aprender historia y arte, y pidió a sus padres, Condes de Salignac, un preceptor de aritmética y alquimia.

Al ser hija única, y noble, ninguno de estos inusuales caprichos le fue negado. Por deseo de su madre, tomó clases de costura y de laúd, que ella soportaba estoicamente. Su padre, por su parte, la inició en el mundo de la hípica y la cetrería. Después de los libros, no había nada que Marietta disfrutase más que montar a caballo por los bosques de su condado, o pasar horas hablando de halcones y águilas con los guardabosques al servicio de su padre.

Pero, en efecto, eran los libros los que absorbían la mayor parte de su tiempo y sus energías. En su octavo cumpleaños decidió que, a partir de entonces, sólo querría libros como regalo. Cintas, vestidos, juguetes o mascotas eran accesorios e innecesarios para ella. Su intención era tener tantos libros como días tiene un lustro. Sus padres, ambos cultos y bien instruidos para la época, mandaron orgullosos acondicionar una estancia de los aposentos de Marietta para almacenar la futura biblioteca de su hija.

Nunca consideraron que fuese un regalo descabellado o extraño. Un buen caballo no era mucho más caro que un libro encuadernado de París, y además los costes del transporte se reducían considerablemente al regalar libros.

Por tanto, en su duodécimo cumpleaños, Marietta tenía ya cuatro libros en su colección: Una biblia, una enciclopedia de arte, una Historia Francesa y un libro de poemas sobre la amistad, el amor y las batallas entre moros y cristianos. Por supuesto los había leído de cabo a rabo, y esperaba impaciente el banquete de aquella noche, la entrega de su regalo, y posteriormente la escapada furtiva a los jardines para leer toda la noche, bajo la luz de un farol, su nueva adquisición.

El libro que cayó en sus manos aquella vez era distinto de los demás. Sus padres así lo destacaron, pero era obvio que esos colores, las ilustraciones fantásticas, la adornada caligrafía y su gran tamaño hacían de él un libro muy especial. Un libro… de cuentos.


3 comentarios:

Antonio dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Antonio dijo...

Mierda! Me vas a matar con tus relatos por entregas... ¡con lo mal que se me da esperar!
Que envidia me das :P Espero que algún día me expliques de donde sacas tus ideas ^^

Antonio dijo...

PD: Lo siento, comentarios duplicados jajajaja