28 de octubre de 2011

Manifiesto semántico

- Reniego de los eufemismos como medio de comunicación.

- Una cosa es adornar el lenguaje y otra bien distinta es disfrazar un mensaje.

- Los adjetivos son el arma más peligrosa jamás inventada.

Intentaré a partir de ahora hablar y escribir exactamente aquello que quiero decir, sin falsos significados ni cambios de sentido. Porque cuando despojas a las palabras de sus vestimentas y las ves ante ti, puras y desnudas, significado y esencia; las comprendes, las sientes y las bebes quieras o no, sean veneno o néctar del paraíso.

De ahora en adelante trataré de escanciar mis pensamientos en vasos de cristal. Que todos vean lo que quiero mostrar, lo auténtico. Que no tengan que filtrar el agua turbia.

Con ello espero esforzarme más aún en mi meta de extraer algo bello de las palabras; de éste lenguaje que por fortuna poseo gracias a mi condición humana. Porque lo difícil no estriba en hacer un hermoso retrato a un traje, sino al cuerpo desnudo que lo porta.

12 de septiembre de 2011

Planes para el abordaje

Cierro los ojos y me veo a mí misma: una figura estática que mira abrumada e indecisa  a su alrededor, sin saber por dónde empezar a ordenar la mente desvencijada. Ahora que la calma llega, ahora que el polvo vuelve a posarse en el lecho del río. Todo gira cada vez más despacio. El tiovivo interrumpe finalmente su ruta infernal. Y en el vacío que me dejaste vuelve a reinar poco a poco una reencontrada sensatez.

Respira…
calma…
respira…
tranquila…
calma…

Tus palabras producen en mí el efecto de un rayo fulminante. Cambian mis planes, el sabor de las cosas, mis principios.

Todas tus palabras, salidas todas de esa bendita cabeza tuya, que por mucho tiempo descanse sobre tus hombros y me siga descomponiendo la mente.

Tus palabras aporrean cada pared de esta habitación. Me escoltaste hasta la puerta y me encerraste en cuanto hube traspasado el umbral. Y cada cosa que me digas me atravesará, y sangraré la angustia de no verte, de no tocarte.

Y sufriré si me dices que sufres, y más aún si omites que gozas. Si me cuentas que me extrañas. Si recuerdo tu cara, prendida en cada frase que te oigo, en cada carta tuya que leo.

Y tus dientes, malditos sean tus dientes, escuderos de tu queda risa, que me vuelco por dentro cada vez que asoman de tu boca.

Cada vez que me hablas alguien nos interrumpe. Cada vez que me miras siento que me conoces.

Tus frías manos de pianista templan mis ánimos, asidas a mis hombros incandescentes, y me guían y me siguen entre ríos de almas que desconocen la turbación de sentirte tan cerca.

Es cuestión de tiempo que mi valentía viaje de mi pluma a mi boca. Hasta entonces no oirás de mí más que lo que ya te digo. Vivirás en paralelo a mí: siempre a la vista, siempre inalcanzable.


Un barco insignificante pretende abordar a uno mucho más grande. Para ello, aguarda al mar; a que las olas le sean propicias.

31 de agosto de 2011

Empapados

Cientos de personas concentradas en un punto, dedicadas a pensar las mismas cosas, a llevar la misma ropa, a escuchar siempre lo mismo, sin variar. Sin cambios, sin desviaciones. Sin estridencias. Sin reírse ni llorar. Como si fuesen olas, tus dedos me llevan a lo más profundo del océano. La sal de tu ser me corroe y penetra mi piel. Como las olas, tus venas transportan recuerdos ficticios vividos… ¿ayer? Y yacen, aquellas horas yacen en el fondo de vasijas de barro que la lluvia no tardó en llenar. La lluvia. Mojado el asfalto, mojada mi mente, parada en la calle pienso qué bello sería dejarme arrastrar. Hundirme, subir bajar. Imaginarlo todo. Y vagar, vagar. El agua caliente no cesa de caer, los tejados no lo notan, pero no así mis hombros, hundidos del peso de acercarme y no atreverme, de poder y no querer.

Personas. Cientos, miles, ¡o millones! de personas. Encerradas en el aire, olvidándose de amar. Concentradas en vivir, ajenas a tantas cosas que ignoran que pueden ver con sólo cerrar los ojos. Y mientras tanto, no sufras, me dicen, no sufras, pronto se te pasará. Les pregunto, ¿pasarme? El tren ya pasó, así como el mar. Las olas se fueron y, sinceramente, no van a volver. ¿Pasarme la vida? ¿Empalada en lluvia? No veo por qué.

Salir del camino, marcharme, girarme. Y gritar ¡cobarde! al que quiera mirarme. Eso es lo que quiero, huir adelante. Separar mitades, escindir destinos. Pensar que no cuesta y hacerlo sin más. Escapar de los cinceles, refugiarme entre tus huesos. Comprender por qué luchamos. Beberme tu alma a besos. Y volver, y volver y tratar de convencer a todos de que quizá no sea mejor, pero es nuevo y es distinto, y que nunca es imposible tocar más fondo que ayer.


El problema siempre ha sido que hoy día la gente no piensa en correr.

30 de julio de 2011

Recuerdos ficticios (II)

¿Recuerdas nuestra muerte hace unos meses?

Me dijiste “Hoy va a acabarse el mundo. Hoy vamos a morir.

Ha amanecido de repente, y con tanta fuerza que los rayos de sol han rasgado el cielo. Una potentísima luz blanca se abrió paso, cegándonos a todos a través del gigantesco boquete abierto allá en lo alto.

Y, creciente por momentos, el ruido ensordecedor del agua hizo temblar los cimientos de cada edificio, tronando en nuestros oídos, enmudeciendo cualquier otra fuente de sonido. Inquietos, nos levantamos de la cama para ver qué ocurría allá afuera. Eran las lluvias cosechadas por las nubes para este invierno, que se desbordaban en cascada a ambos lados de la hendidura, de aquella brecha abierta en el cielo azul.

La cortina de agua era tan espesa que no dejaba ver al otro lado, y dividió en dos a la ciudad.

El efecto invernadero se intensificaba por momentos. Aparecieron el sudor y la humedad. Nos faltaba aire con el que llenar los pulmones, abrimos las ventanas del ático y nos desprendíamos de nuestras ropas, sin éxito. El calor rozaba el límite entre lo insoportable y lo mortal.

Las altas temperaturas hicieron que la vegetación tropical creciese prácticamente ante nuestros ojos. Si permaneciésemos más de diez minutos en un lugar, probablemente veríamos las flores salir del asfalto ardiente.

Las ratas huyeron a las seis de la mañana, pero nadie lo notó. Nadie lo sintió. Y no podíamos escapar, porque las carreteras estaban inundadas, y ya no había electricidad.

Un caudaloso río de barro y escombros corría a toda velocidad por lo que antes fueron las calles del centro. Nuestro edificio se salvaba por unos pocos cientos de metros. Pero el agua crecía sin pausa y arrasaba con todo aquello que encontraba a su paso. Nos quedaba poco tiempo.

Los nuevos árboles ya asomaban sus copas entre los edificios aún intactos. La lluvia empapaba todo, y allá donde mirásemos crecían brotes verdes alimentados de aquel sol que se derramaba quemando, creando vapor, matándonos a todos y a la vez haciendo brotar el verdor más intenso.

Esperando estoicos, tú y yo contemplábamos cómo nacía la nueva vida a costa de la nuestra. Quizá (probablemente) sea lo mejor para este planeta enfermo… el agua nos llega al cuello ya.”

Y nos abrazamos, nada más.

1 de julio de 2011

El concierto

          Temblarán las orillas si bailamos, extasiados. Amplificadores que estallan y manos que buscan más manos. La música nos inunda y nos ahoga, y nos arrastra a empellones hacia el filo de la locura. Amarrados por la espalda, no vemos más que nuestros propios pies, cayendo al vacío, mientras el estruendo hace bailar nuestras entrañas. Miramos al cielo y, despacio, como en un sueño, caen las gotas sobre nuestra cara. Una a una, se desmadejan en nuestras mejillas. Las sentimos tan llenas de agua y de vida.

         Nuestras horas se suceden, estaciones de tren que trastocan nuestro entendimiento y la percepción de la realidad. El mundo quedó lejos, desdibujado y diluido en las horas de sueño ausentes. Compartiendo el alma que nace en nuestros pies, abrazados, enlazados a cuerpos extraños, perfectos hermanos unidos por una canción. Y con prisas, sin pausas, alcanzamos el clímax y nuestras broncas voces brotan, arañando las gargantas. Nota a nota. Los acordes del bajo bombean nuestra sangre negra y espesa. Cerveza que fluye dulcemente por el suelo embarrado. Vibraciones de ultratumba que desmayan los sentidos. Sin nada que perder, luchamos por adentrarnos entre cuerpos bañados en sudor y alcohol. Empujones, mordiscos, contacto físico elevado a su máxima expresión. El concierto de los cuerpos se desarrolla aquí abajo. En lo alto, nuestros amados Dioses nos deleitan, nosotros los adoramos, y bailamos para ellos.

Y bailamos,

bailamos,

bailamos…