25 de julio de 2012

Recuerdos ficticios IV

             Nada en el ambiente podía presagiar lo que ocurriría ese día. No cambió el tiempo, ni huyeron los animales. No hubo amenazas terroristas, no se averió la lavadora, no tembló la tierra del camposanto, y la gente no se suicidó en masa saltando desde el Empire State. Ningún profeta anduvo inquieto por las calles. A ninguna vieja le dolieron las rodillas, ni los zahoríes hallaron pozos de sangre en la tierra.

            Por eso, nada se pudo sospechar cuando al levantarnos aquella mañana el cielo amaneció prácticamente igual que el día anterior. Simplemente se dio por sentado que era un día más, y la vida siguió su curso con normalidad.

            Y no fue hasta las tres de la tarde cuando todo empezó a cambiar. Nadie tuvo miedo al principio, individualmente todos pensaron que estaban soñando. Pero bastaron unos minutos para que no se pudiera negar lo evidente: el mundo se ralentizaba, como sumergido bajo el agua. Los movimientos se volvían torpes y costosos para las personas. Los coches no arrancaban, las bicicletas se bamboleaban torpemente y se desestabilizaban; y una suerte de ingravidez muy leve parecía atacar a los cuerpos, que se elevaban unos pasos sin poder evitarlo, y habían de sujetarse con gran esfuerzo al mobiliario o los árboles para no flotar en el aire, como algas mecidas por invisibles corrientes marinas.

            Algunas madres chillaban desesperadas mientras veían a sus bebés flotar alejándose de ellas sin remedio. Los pequeños, al contrario, parecían encontrar divertida aquella sensación de bucear en el aire, y se los veía jugar felices, varios metros por encima de los tejados de la ciudad.

            A medida que pasaban las horas se hizo más y más patente que aquel mal que la humanidad sufría iba a peor. El aire escaseaba ya, y a falta del mismo se nublaba la mente y se tenían visiones. Todo el que pudo se refugió en tiendas, casas o recintos cerrados, muriendo de asfixia a las pocas horas. Los encontramos pegados al techo. Fueron incapaces de llenar sus pulmones, sin atreverse sin embargo a abrir puertas o ventanas.

            Cada vez era más fuerte la ingravidez, y ya hasta las copas de los árboles se dejaban llevar a cámara lenta. Los pájaros dibujaban complejas figuras en el aire. Los sauces y palmeras se asemejaban a lentas anémonas ancladas al fondo marino.

            En las calles, la gente comenzó a morir de asfixia sobre las diez de la noche. Apenas eran ya capaces de mantener los pies en el suelo a fuerza de hacer movimientos ondulantes con los brazos y equilibrarse con pesados y torpes pataleos. Agotados, soltaban el poco aire que sus pulmones lograban retener, sus ojos se cerraban, y caían muy despacio al suelo, en un beatífico gesto acompañado por el ondular de sus cabellos y ropas.

            A esas horas, los pocos que quedábamos vivos decidimos a la desesperada dejarnos llevar, y fingiendo nadar nos desplazamos lenta y penosamente por las avenidas sembradas de cadáveres hasta alcanzar el rascacielos más grande de la ciudad.

            Trabajosamente comenzamos su ascenso. El esfuerzo físico no se limitaba a sujetarse a las cornisas y dejarse llevar hacia arriba; lo realmente complicado era encontrar aire con el que oxigenar nuestros músculos agarrotados. Muchos de nosotros no aguantaron el cansancio o el dolor, y los veíamos dejarse caer y flotar como en un sueño, hasta posarse en el suelo junto con los demás muertos.

            Tras una hora de tortura alcanzamos la cima del edificio, donde se respiraba claramente mejor. Tras descansar unos minutos, emprendimos la misión suicida de nadar hacia arriba en busca de aquel aire que nos faltaba y que, con cada nueva brazada, parecía aumentar en el ambiente un poco más.
           
            Perdimos la cuenta del tiempo que llevábamos así. Al menos ahora disponíamos de todo el aire que necesitábamos. No obstante, y debido al agotamiento, muchos más cayeron en el camino, y bajaron flotando con los ojos cerrados. Cuando nos cansábamos demasiado nos asíamos los unos a los otros y parábamos a dormitar. Poco después, iluminados por la luna continuábamos la ascensión.

            Al rayar el alba, pocos metros nos separaban de las nubes. Con nuestro último aliento las atravesamos. Algunas personas también murieron ahí, incapaces de resistir a la humedad y el frío extremos. Los pocos que quedábamos alcanzamos, finalmente, moribundos y abatidos, el otro lado de la capa de nubes.

            Justo en ese momento, el sol surgió del horizonte, y la luz nos golpeó de lleno con toda la calidez de que fue capaz. Nos invadió una paz y una calma absolutas, y desde ahí arriba, vimos nuestros cuerpos caer despacio hacia el abismo, sumidos en sueños hermosos. O eso suponemos, ya que nuestros rostros sonreían.

2 de junio de 2012

Desconcentración

Caprichos del viento
mueven las cortinas, mecen a los pájaros.
Quién sabe dónde tratan ellas de escapar. O qué buscan ellos.

Lento, muy lento, respira
la ciudad dormida.

Mientras la velo (aún a sabiendas de que no debería),
hoy me permito
soñar.

21 de abril de 2012

Escuchad

¡Escuchad, buenas gentes, la leyenda que hoy os traigo!

      Cuentan los ancianos antiguas historias sobre una jauría de perros salvajes. La gente los teme, son un mal augurio, presagian horrores que jamás causaron. Nunca el menor daño o lamento a su presencia se atribuyó. Pero oíd esto, porque a su paso y tras las ventanas, hombres aterrorizados murmullan plegarias de redención.

      Y es justamente en las noches de cuarto menguante que recorren los páramos a ritmo constante. Vadean ríos y torrentes, cruzan los valles y montes, sortean cada impedimento que se ponga por delante. Surcan colinas, saltan cercados. ¡Frenéticos corren, sin pausa y acalorados! En un fugaz batir de inhiestos músculos y grisáceas pelambres. Extrañaos, sí. Hacedlo, pues ni en la nieve ni en los pastos se ha observado huella alguna. ¡Cuentan que sus negros ojos ahogan la luz de la luna!

      Si ponéis atención, advertiréis que sus jadeos y el ininterrumpido trote es lo único que se escucha durante las largas noches de vigilia. Mas, ¿por qué motivo nunca hirieron al ganado, ni atacaron pueblo alguno? Han de ser, en mi opinión, ajenos al horror que provocan. Pero no temáis, pues ved que por ahora brilla el sol, y mi historia a su fin aún no toca.

       Los temibles perros surgen de la nada a medianoche, y emprenden su loco trote hasta el amanecer. Y es entonces, buenas gentes, segundos antes de que el alba raye los cielos, cuando surge el mito. Escuchad con atención, es difícil de creer.

      Según cuentan se detienen, exhaustos, a descansar. Alzan todos sus cabezas y aúllan al unísono a la luna apenas nítida ya; fundiéndose sus aullidos en la sombra agonizante. Y, creedme cuando os digo que en el momento en que cierran sus ojos, se difuminan con el viento, convertidos en polvo de estrellas.

     *  *  *

      Hasta aquí la historia, amigos, pero permitidme ahora que os narre una verdad. En mi larga vida itinerante, no recuerdo haberlos visto más que una vez, cuando era muy niña, y nada temí. Más tarde supe que sólo los niños tienen la capacidad de contemplar a la horrible jauría sin temblar de pavor. Los demás, pobres desgraciados de nosotros, hemos de contentarnos con creer que la leyenda es cierta. Tal vez sea porque se nos enseña a temer a lo salvaje. Pero amigos, quizá la terrible realidad sea que sólo buscamos motivos para tener miedo.

28 de marzo de 2012

¿Amas vivir?

       Un, dos. Uno, dos. Para. Escucha. Lo que oyes será lo que sientas, muévete y camina porque no hay nada más que te apetezca hacer. Brotando de tu pelo nacen flores que se elevan alto, muy alto, hacia el cielo, suben y suben,  y se unen a las nubes, blancas. Tu piel es blanca y se tiñe de azul cuando te adentras en el agua. Y caminas por caminar, por sentir, por no parar, por mirar, por aprender… ¿por qué no? Por seguir sintiendo las vibraciones en tus oídos, es tan natural, camina, no pares, escucha, siente, cierra los ojos, abre los brazos, aférrate al aire, es lo único que jamás te va a faltar.

       Navega, bucea, salta, grita, pronuncia poemas largos como los días sin sol y canturrea canciones en lenguas imaginarias.

       Entrevista a un pájaro, mordisquea labios ajenos, acércate a una ventana y adivina la historia de cada persona que entreveas por las cortinas. Colócate con los versos de los poetas malditos. Improvisa, piensa mal y acierta. Rasga pliegos de papel con cuchillas afiladas, desángrate en una piscina de agua salada.

      Atraviesa umbrales oscuros y tenebrosos, salta desde la ventana a la calle y no vuelvas hasta el amanecer. Vive y respira. Continúa caminando, caminando sin pausa, al ritmo de la música. Cierra los ojos, no vas a tropezar, así que lánzate, déjate llevar y baila en la oscuridad de tus párpados cerrados. Y escucha la vida. Estalla en los aviones bolsas de confeti. Cumple ritos ancestrales en sectas desconocidas.

        Contempla a las almas perdidas que te rodean y compadécete de ellos un segundo. Y luego grítales, grítales por no atreverse a vivir y apreciar como tú vives y aprecias. A experimentar como tú experimentas. No hace falta más droga que las corrientes químicas que saltan de neurona en neurona. Así que ríete de ellos porque no te comprenden, ríe a carcajadas de su miopía y grita: TENGO MAS VIDA EN LA PUNTA DE MIS DEDOS QUE LA QUE NINGUNO DE VOSOTROS SERÁ CAPAZ DE EXPERIMENTAR JAMÁS.

1 de marzo de 2012

Back down south

      El sol comienza a ponerse tras las colinas doradas, pero no sentiremos frío hasta dentro de muchas, muchas horas. Las lucecitas del camping de caravanas del otro lado del río se van encendiendo y titilan. Leves y suaves, acariciando las lomas de tierra quemada. Parece que los últimos rayos solares son los más intensos. Se zambullen en nuestras pupilas a través del flequillo, hacen que lo percibamos todo de un modo brillante, y cálidamente irreal. La brisa nos mantiene ensimismados. Allá a lo lejos, donde aún queda sol y todo es verde y azul se distinguen las siluetas de los demás, que vuelven del pueblo cargados de bolsas. Respiramos, alcanzamos esa mágica hora en la que las cigarras quedan mudas y todo es silencio. El mar de pastos se mece con el viento. Despacio. Muy despacio, en un continuo zigzag hipnótico. Aún quedan abejas torpes. Temerosos de la plácida noche, los últimos pájaros rezagados se encaminan aprisa hacia el oeste.

     Ante semejante panorama, no queda otra que llevarnos la botella a los labios una vez más. Una blanca silla de jardín y esa cerveza es todo lo que necesitamos para vivir.

     La paz queda rota cuando, a cincuenta metros, el sonido de las bicicletas y los gritos de los demás se hacen audibles. Nos limitamos a sonreírles, y nos levantamos pesadamente. Caminando hacia ellos, damos la espalda al ocaso, frente a frente con la gran noche que nos espera.