2 de junio de 2012

Desconcentración

Caprichos del viento
mueven las cortinas, mecen a los pájaros.
Quién sabe dónde tratan ellas de escapar. O qué buscan ellos.

Lento, muy lento, respira
la ciudad dormida.

Mientras la velo (aún a sabiendas de que no debería),
hoy me permito
soñar.

21 de abril de 2012

Escuchad

¡Escuchad, buenas gentes, la leyenda que hoy os traigo!

      Cuentan los ancianos antiguas historias sobre una jauría de perros salvajes. La gente los teme, son un mal augurio, presagian horrores que jamás causaron. Nunca el menor daño o lamento a su presencia se atribuyó. Pero oíd esto, porque a su paso y tras las ventanas, hombres aterrorizados murmullan plegarias de redención.

      Y es justamente en las noches de cuarto menguante que recorren los páramos a ritmo constante. Vadean ríos y torrentes, cruzan los valles y montes, sortean cada impedimento que se ponga por delante. Surcan colinas, saltan cercados. ¡Frenéticos corren, sin pausa y acalorados! En un fugaz batir de inhiestos músculos y grisáceas pelambres. Extrañaos, sí. Hacedlo, pues ni en la nieve ni en los pastos se ha observado huella alguna. ¡Cuentan que sus negros ojos ahogan la luz de la luna!

      Si ponéis atención, advertiréis que sus jadeos y el ininterrumpido trote es lo único que se escucha durante las largas noches de vigilia. Mas, ¿por qué motivo nunca hirieron al ganado, ni atacaron pueblo alguno? Han de ser, en mi opinión, ajenos al horror que provocan. Pero no temáis, pues ved que por ahora brilla el sol, y mi historia a su fin aún no toca.

       Los temibles perros surgen de la nada a medianoche, y emprenden su loco trote hasta el amanecer. Y es entonces, buenas gentes, segundos antes de que el alba raye los cielos, cuando surge el mito. Escuchad con atención, es difícil de creer.

      Según cuentan se detienen, exhaustos, a descansar. Alzan todos sus cabezas y aúllan al unísono a la luna apenas nítida ya; fundiéndose sus aullidos en la sombra agonizante. Y, creedme cuando os digo que en el momento en que cierran sus ojos, se difuminan con el viento, convertidos en polvo de estrellas.

     *  *  *

      Hasta aquí la historia, amigos, pero permitidme ahora que os narre una verdad. En mi larga vida itinerante, no recuerdo haberlos visto más que una vez, cuando era muy niña, y nada temí. Más tarde supe que sólo los niños tienen la capacidad de contemplar a la horrible jauría sin temblar de pavor. Los demás, pobres desgraciados de nosotros, hemos de contentarnos con creer que la leyenda es cierta. Tal vez sea porque se nos enseña a temer a lo salvaje. Pero amigos, quizá la terrible realidad sea que sólo buscamos motivos para tener miedo.

28 de marzo de 2012

¿Amas vivir?

       Un, dos. Uno, dos. Para. Escucha. Lo que oyes será lo que sientas, muévete y camina porque no hay nada más que te apetezca hacer. Brotando de tu pelo nacen flores que se elevan alto, muy alto, hacia el cielo, suben y suben,  y se unen a las nubes, blancas. Tu piel es blanca y se tiñe de azul cuando te adentras en el agua. Y caminas por caminar, por sentir, por no parar, por mirar, por aprender… ¿por qué no? Por seguir sintiendo las vibraciones en tus oídos, es tan natural, camina, no pares, escucha, siente, cierra los ojos, abre los brazos, aférrate al aire, es lo único que jamás te va a faltar.

       Navega, bucea, salta, grita, pronuncia poemas largos como los días sin sol y canturrea canciones en lenguas imaginarias.

       Entrevista a un pájaro, mordisquea labios ajenos, acércate a una ventana y adivina la historia de cada persona que entreveas por las cortinas. Colócate con los versos de los poetas malditos. Improvisa, piensa mal y acierta. Rasga pliegos de papel con cuchillas afiladas, desángrate en una piscina de agua salada.

      Atraviesa umbrales oscuros y tenebrosos, salta desde la ventana a la calle y no vuelvas hasta el amanecer. Vive y respira. Continúa caminando, caminando sin pausa, al ritmo de la música. Cierra los ojos, no vas a tropezar, así que lánzate, déjate llevar y baila en la oscuridad de tus párpados cerrados. Y escucha la vida. Estalla en los aviones bolsas de confeti. Cumple ritos ancestrales en sectas desconocidas.

        Contempla a las almas perdidas que te rodean y compadécete de ellos un segundo. Y luego grítales, grítales por no atreverse a vivir y apreciar como tú vives y aprecias. A experimentar como tú experimentas. No hace falta más droga que las corrientes químicas que saltan de neurona en neurona. Así que ríete de ellos porque no te comprenden, ríe a carcajadas de su miopía y grita: TENGO MAS VIDA EN LA PUNTA DE MIS DEDOS QUE LA QUE NINGUNO DE VOSOTROS SERÁ CAPAZ DE EXPERIMENTAR JAMÁS.

1 de marzo de 2012

Back down south

      El sol comienza a ponerse tras las colinas doradas, pero no sentiremos frío hasta dentro de muchas, muchas horas. Las lucecitas del camping de caravanas del otro lado del río se van encendiendo y titilan. Leves y suaves, acariciando las lomas de tierra quemada. Parece que los últimos rayos solares son los más intensos. Se zambullen en nuestras pupilas a través del flequillo, hacen que lo percibamos todo de un modo brillante, y cálidamente irreal. La brisa nos mantiene ensimismados. Allá a lo lejos, donde aún queda sol y todo es verde y azul se distinguen las siluetas de los demás, que vuelven del pueblo cargados de bolsas. Respiramos, alcanzamos esa mágica hora en la que las cigarras quedan mudas y todo es silencio. El mar de pastos se mece con el viento. Despacio. Muy despacio, en un continuo zigzag hipnótico. Aún quedan abejas torpes. Temerosos de la plácida noche, los últimos pájaros rezagados se encaminan aprisa hacia el oeste.

     Ante semejante panorama, no queda otra que llevarnos la botella a los labios una vez más. Una blanca silla de jardín y esa cerveza es todo lo que necesitamos para vivir.

     La paz queda rota cuando, a cincuenta metros, el sonido de las bicicletas y los gritos de los demás se hacen audibles. Nos limitamos a sonreírles, y nos levantamos pesadamente. Caminando hacia ellos, damos la espalda al ocaso, frente a frente con la gran noche que nos espera.

4 de febrero de 2012

Una certeza

Vienen y van, pero nunca vuelven. Así pasan los años para los chicos de la playa. Cada verano los ves, atemporales y estáticos. Agostos de ensueño, dulces despertares al sol, agua de mar en la  comisura de los labios y recuerdos entrecruzados sin orden ni necesidad del mismo. Superpuestos  para formar una idea etérea e irreal que sabe a libertad y juventud.

Pero hoy no es así. En tu nostálgico recorrer de avenidas, un cigarrillo te envenena el alma. Mientras, vas pensando que no fue una buena idea visitar el mar en invierno.

Y sin embargo los ves, cierras los ojos y los puedes ver. Juegan en la arena, corren tras un balón que cada año tiene un color distinto, pero es siempre la misma historia. No crecen. El día que lo hagan te harás viejo de repente, y el tiempo se te echará encima como aguacero de abril. Tienes miedo. Ahora que estás sólo frente al mar huraño de febrero, tienes miedo. Necesitas verlos. Lánguidos, tirados como fichas de dominó por los bancos del paseo marítimo, jugando a las cartas en la arena, saltando como delfines, esquivando espuma del rompeolas como si ardiese en sus pies descalzos.

Necesitas verlos para olvidar que no podrás volver a ser como ellos. Necesitas observarles cada año para enturbiar la certeza del futuro, más próximo con cada ola que el océano vomita.

Porque tienes miedo. Hoy y siempre, frente al mar, tienes miedo.