23 de junio de 2011

No soporto...

Que se tache a la gente de "rara" por sus gustos musicales.

A la gente que se jacta de no leer en sus tablones del tuenti.

El conformismo institucionalizado en mi país, y, en general, a todo aquello que nos hace "Typical Spanish".

Que el término "friki" se use con una evidente connotación negativa.

A los sobrados que piensan que, por hablarles y ser amable, ya estás ligando con ellos.

Que la gente reclame sus derechos pero no sus obligaciones.

El deporte nacional de la Queja.

Que la gente sea débil por ser éste el camino más cómodo.

El nulo respeto o agradecimiento que se tiene a los docentes, a los padres, y a todas aquellas personas que nos intentan enseñar a ser mejores.

A los niños malcriados, y menos a sus padres esclavizados.

Que los gobernantes tiren por la tangente y mantengan al pueblo distraido con debates morales (¿crucifijos en las aulas? ¿aborto? ¿eutanasia?), mientras el país se hunde con todo el equipo.

No soporto que esa estrategia les funcione tan bien.

El sentimiento generalizado de que "pedir perdón es de débiles", y de que ser bueno no sirve de nada hoy día.

Que se burlen de los Indignados, que se diga que luchan por una causa perdida o que "son todos unos perroflautas y  unos antisistema".

Que la gente se trague sin digerir todo aquello que sale en los telediarios y los periódicos, considerados verdad universal y nunca lo suficientemente cuestionados.

Que muchos de los Indignados no sepan por lo que luchan, y que unos pocos violentos y extremistas echen por tierra una protesta pacífica que funcionaba tan bien.

La cobardía de no enfrentarse a lo establecido, la corriente de decadencia que sigue la masa idiotizada, el costumbrismo y el esperar que alguien solucione tus problemas por ti. No todo es culpa de los políticos.

El sensacionalismo y los falsos mensajes de la última campaña publicitaria de Coca-Cola.

Los estereotipos y las modas que hacen que miles de personas se sientan inferiores por tener cuerpos reales.

A las mujeres machistas, que desgraciadamente no son pocas.

Que actualmente se idolatre a iconos nefastos y nos olvidemos de los grandes héroes de la humanidad.

Que se cambie la fecha de un examen para que no coincida con un botellón.

Que leas esto y no pienses en cosas que tú tampoco soportas (o lo que es lo mismo, que se aceptan sugerencias).

8 de junio de 2011

El cuento de los espejos

            Erase una vez, hace mucho, mucho tiempo, un hermoso y próspero país gobernado por un mago. Sus habitantes convivían en paz, nadie pasaba hambre y el Gran Mago era sabio y magnánimo con todos, amado por sus súbditos, pero también el más temido de sus enemigos.

          Al norte de este reino se hallaba la ciudad duende. Famosos por su condición tramposa y traicionera, los duendes eran expertos de la farsa y el engaño. Maestros cristaleros cuyos espejos, según se contaba, estaban encantados con malas artes. Nadie, ni siquiera los más valientes se aproximaban a aquella ciudad.

          Los duendes odiaban a muerte a los sureños. Siglos atrás, su especie fue relegada al norte en una cruenta guerra, y ningún intento de reconquistar las tierras del Sur dio sus frutos. El frío de los edificios de cristal en que habitaban hacía de ellos un pueblo débil y enfermo. Los inviernos eran más temidos que la Parca, y sólo el poderoso hechicero del Sur los disuadía de intentar otro ataque.

            Pero sucedió un día que nuestro buen mago cayó gravemente enfermo de sueño. Los médicos se afanaban día y noche en hallar cura a sus males y el reino entero aguardaba ansioso su recuperación, pero la terrible dolencia le impedía despertar de sus pesadillas. Éste fue el momento escogido por los duendes para atacar.

            Una noche sin luna, los muros de la ciudad cayeron derribados por poderosas máquinas de guerra. Sin piedad, los duendes mataban a todo aquel que se cruzase en su camino. La sangre corría calles abajo, se oían gritos en las casas, el ganado escapó embravecido. Quemaron los pastos, las cosechas y los tejados. Derribaron puentes y acueductos, mataron a cientos de personas indefensas en unas pocas horas. Cuando el ejército logró reaccionar y organizarse, los terribles duendes ya huían con las primeras luces del amanecer.

            Durante aquel día el caos reinó en la ciudad, pero por la tarde el Sur estaba preparado para un nuevo ataque. En la segunda noche de asalto sorprendió a los duendes la fortísima resistencia del reino. Apostados en las almenaras del castillo, poderosos hechiceros venidos de todos los lugares del mundo conjuraban encantos contra todo aquel que atravesase las derruidas murallas. El ejército defendía sin compasión la ciudad a golpe de espada. Los juglares cantarían siglos después las proezas que en esta batalla tuvieron lugar.

            Como era de esperar, muy de mañana la lucha estaba ganada. La retirada de los duendes desató los gritos de júbilo de la ciudad entera, y el alboroto logró incluso despertar al mago dormido, que pronto se puso a la cabeza de su ejército. A la mañana siguiente, los reinos del sur unidos emprendieron una marcha hacia el norte. Al frente de ellos, el Gran Mago despejaba el camino, apartando ríos y bosques, y protegiéndolos a todos de las fuertes nevadas que perpetuamente azotaban el reino duende.

             Cuando llegaron, encontraron las puertas de la ciudad de cristal cerradas a cal y canto. Dentro se veía a los duendes corriendo nerviosos de un lado para otro, preparándose para la guerra. Pero los malvados duendes no contaban en absoluto con que el mago ya estaba curado y se hallaba entre los atacantes. Por eso, su pavor fue mayúsculo al ver cómo las brillantes murallas de cristal se resquebrajaban entre horribles crujidos y chirridos. Su ciudad sucumbió en cuestión de minutos ante el poderosísimo encantamiento del Mago del Sur.

            No obstante, el gran Mago decidió mantener con vida a los duendes. Como castigo por todas sus maldades, encerró a cada uno en un fragmento de cristal, en un trozo de lo que quedaba de la ruinosa ciudad.

           Es por eso que, hoy en día, vemos auténtica magia al mirar a través de ciertos cristales. Los colores se funden entre sí, aparecen formas nuevas, las imágenes se duplican y bailan cuando las hacemos girar. Probablemente tengamos en nuestras manos los vestigios de aquella ciudad, dentro de los cuales hay un duende haciendo de las suyas.

           Lógicamente, esto sólo pasa con algunos cristales. No obstante, es recomendable ser cuidadoso y atender el dicho de que romper un espejo son siete años de mala suerte. Porque, quién sabe, quizá alguna vez hayamos dejado escapar algún duende sin querer…

22 de mayo de 2011

Recuerdos ficticios (I)

¿Te acuerdas de que fuimos enemigos?

Aquella tarde en la guerra. Te partí en dos con el filo de mi almohada. Heridas de pluma, ¿se considera arma blanca? Sudor y gritos sofocados por las mantas. Una batalla encarnizada que ganaste con un beso.

15 de mayo de 2011

Tarde de estudio (Parte III)

                          “Cuando entré en la universidad de económicas, que por aquel entonces andaba en Madrid, yo era un estudiante más. Notas normales, expediente regular, un chaval discreto, vaya. Pero en mi cuarto curso ocurrió algo. Un día andaba yo documentándome para un proyecto, no recuerdo de qué trataba, y estaba en la biblioteca de la facultad rodeado de libros. No encontraba nada interesante y, enfadado, di un fuerte puñetazo a la mesa. Una pila de libros a mi lado se tambaleó, pero logré sujetarlos todos justo a tiempo… Todos excepto uno, que cayó al suelo con un golpe sordo, aún lo recuerdo. Abierto por una página al azar.

Algo en él me llamó la atención al recogerlo. Parecía muy usado, desvaído, y lo que en él leí me dejó más que asombrado. La historia de un tal C.V. Un “economista temprano”, un hombre que asesoró a emperadores en Asia y Europa oriental, que sacó a imperios de la ruina más absoluta, que sentó los cimientos del progreso económico, cuyos escritos fueron considerados heréticos. Sus libros sirvieron para prender el fuego en el que murió condenado por brujería en Inglaterra, a mediados del siglo VII.


Busqué y busqué sin pausa. Pasé noches en la biblioteca leyendo como un condenado, pero no encontré nada más. El día de la exposición, me planté frente a la clase en ayunas, sucio y sin dormir, y recité de memoria las escasas líneas que conocía acerca de esas dos siglas, C.V. Ni que decir tiene que suspendí, tanto ese trabajo como la asignatura. El profesor me la tenía jurada, y debió hablar de mí (intuyo que nada bueno) en el claustro de profesores, porque una semana más tarde el decano de la facultad se presentó en clase pidiendo hablar conmigo.

Salimos al pasillo. Mi terror inicial se fue apaciguando a medida que le contaba lo sucedido. Cuando quiso saber de qué había hablado en mi exposición, volví a recitar lo que encontré en la biblioteca. Su cara cambió, se puso pálido, y se tuvo que sentar en un banco cercano para recobrar el pulso. Más sereno, me dijo que prometía interceder por mí ante mi profesor si yo le traía el libro.

Corrí como loco hacia la biblioteca. Había dejado el libro, digamos “escondido”, entre los tomos de una aburridísima enciclopedia a la que nadie se acercaría ni en sueños. Al abrirlo, lo encontré totalmente en blanco.

Anonadado, me reuní de nuevo con el decano. No sabía cómo empezar a explicarle nada, pero él habló por mí. “Supongo que el libro habrá desaparecido, o no encuentras el párrafo en cuestión, o qué se yo. El caso es que no hay pruebas, ¿me equivoco?”. “Está en blanco”, fue todo lo que acerté a decir.

Entonces él me llevó a su despacho, me sentó frente a él, me ofreció una copita de brandy (que hoy he tomado antes de empezar a contarte esto), y empezó a hablar. Me relató cómo él de joven había encontrado un manuscrito en el que se hablaba de Carvech Fhörm. Cómo un profesor suyo había vivido algo similar con un libro que no había vuelto a aparecer. Cómo 70 años atrás, el abuelo de su profesor había oído una historia acerca de un economista de la Edad Media…

Ahí perdió la pista, pero los dos captábamos la esencia de lo ocurrido.

Nos llevábamos bien. Él se interesaba por mis clases, y hablábamos bastante. Decía con ironía que éramos los “elegidos”. No fue hasta bastante más tarde cuando se atrevió a hablarme con franqueza. Al parecer, lo que él había leído sobre Carvech Fhörm era mucho más que lo que me hizo creer la primera vez...”

- ¡Pero niña!, ¿qué horas son estas de andar al teléfono? ¿Con quién hablas?

- ¡Mamá, espera que esto es importante! Un momento, Ignacio, en seguida estoy con usted…

- Descuida, chiquilla…

- Cuelga ahora mismo que mañana tienes examen, pero vamos, ¡en cinco minutos te quiero ver en la cama!

- ¡Un momento, sólo un momento y cuelgo, mamá!

- ¡Un minuto y no más! –dijo. Y se fue de mi habitación a grandes pasos.

- Muchacha, anda, cuelga y mañana me llamas y te sigo contando. Tu madre tiene razón, necesitas descansar.


- Como usted quiera…



10 de mayo de 2011

El gran salto

Desde lo alto de la colina miré a mi alrededor. Qué extraño. Hacía tan sólo un minuto que había cerrado los ojos. Me acordaba perfectamente del tacto de unas manos dejando reposar mi cabeza sobre la almohada, llamándome al descanso. Tuve conciencia absoluta de caer dormida, de traspasar los umbrales del sueño. Y, al abrir los ojos, me encontré de pronto en aquel lugar.

Tan sola. Tan vacío.

Extensiones de verdor infinito, mirase donde mirase. Mis pies eran ligeros. Tan ligeros que mi cuerpo se elevó, lleno de aire. Floté sobre la hierba y bajé la colina deslizándome como un susurro. La brisa tenía colores, me envolvía, mecía mi pelo y acariciaba las puntas de mis dedos. Las comisuras de mis labios se elevaron poco a poco, junto con mis manos. Mis pies descalzos rozaban el trigo de los campos, y algunas golondrinas se aproximaron curiosas en vuelo rasante. Seguí avanzando sobre el suelo, flotando al igual que una hoja río abajo. Cada vez más rápido. Para ganar velocidad, me coloqué horizontalmente. Y funcionó. Probé a surcar la brisa a nado, con brazadas largas. Cada vez era más ligera, más aerodinámica. Las golondrinas no podían alcanzarme. Notaba el aire pasar a toda velocidad a mi lado. Quise setirme libre,  vivir del viento, quise soñar dentro de un sueño, quise notar la velocidad en mis entrañas. Quise vivir esa ficción cada momento de mi vida. Para ello cerré los ojos, y acto seguido desperté en mi cama.


Se acabó. Mis huesos pesados y torpes, mi inerte cabeza hundida en la almohada. Y era tan real, tan terrible y tan cierto como que estaba despierta. Estaba oscuro, pero mis retinas seguían cargadas de luz. No tenía sueño. No quería aquello. Sólo quería seguir volando.

Así que con prisas, urgentemente, abrí la ventana y volé…

Por fin. De nuevo la velocidad. Y nadé, nadé en el aire como hiciera antes. Atrevida, osada, probé a cerrar los ojos de nuevo.

Y afortunadamente, esta vez no desperté.