22 de marzo de 2011

Incongruencias

- Voy a preguntártelo por última vez, y ¡ay de ti como la respuesta sea No! - Yo aguardé ansiosa ante aquel chico de ojos amenazadores. - ¿Quieres que vayamos algún día a tomar algo tú y yo?

Ante esa pregunta, decidí pasar de él, pero en realidad pasé por encima de él. Le pisé un ojo sin querer, y se le hizo la vista gorda.

Pero no le salieron moratones, sino moras. Nos las comimos juntos y echamos a andar. Andar se fue apenado, lamentando que todo el mundo le echaba siempre. Mientras, nosotros decidimos trazar nuestro propio camino. Primero dibujamos una curva. Luego hicimos pasar un río por debajo de nuestros pies, queríamos un camino con puente. Aprovechamos y pintamos flores a los lados. Y allá en lo alto, el Sol, capitán redondo, con un sombrero de lazos. El martes, tras el puente, lo coloreamos todo. ¡Ya estaba el camino terminado! El camino, ése gran olvidado o desapercibido en los dibujos de la casa con las montañas…

El miércoles tocaba estudiar. Al parecer, Estudiar era un violinista muy famoso. Pero, sinceramente, no me pareció que tocase tan bien como se comentaba por Allí. Así que fui a preguntar de nuevo. Ya en Allí, me encontré con un señor que vendía amaneceres. Era muy simpático, pero con el acento endiablado que tienen los allienses  creo que me equivoqué, y en vez del amanecer le compré su silencio por un puñado de dólares.

Dijo estar de acuerdo, y guardó mi secreto envuelto en un pañuelito que escondió entre un amanecer de su pueblo y otro del círculo polar ártico.

Pero mi secreto finalmente se develó. ¡Se enfadó muchísimo! Nos gritó cosas horribles, y nos amenazó con la orca si le volvíamos a despertar. La orca dijo que a ella que no la metiesen en líos (porque en Líos no hay mar ni ríos), y se alejó nadando sábanas adentro.

Y ya no me acuerdo de más, porque para cuando quise ver de cerca el mar de mantas me desperté en mi cama.


9 de marzo de 2011

Hoy me apetece tomar el sol


Ponemos el primer pie sobre la arena de la playa bajo el sol abrasador. Está tan caliente que nos quema hasta los gemelos. Pero las chanclas son demasiado incómodas, así que nos las quitamos y decidimos correr para no carbonizarnos los pies. Una vez llegados a la arena más oscura de la orilla, húmeda y fresca, nuestros pies se enfrían rápidamente. Ahora hace demasiado frío, así que caminamos un poco cuesta arriba, donde la arena se empieza a secar y a calentarse. Éste es un buen sitio, quedémonos aquí.

Extendemos la toalla. Pero un golpe de viento, ¡vaya!, la dobla. Con hastío la rodeamos, y colocamos los picos. Una chancla en cada punta. La mochila en la tercera. La cuarta retenida por la crema. Así no debería volarse. Nos sentamos en un extremo, nos sacudimos las manos y nos quitamos la camiseta (nos retocamos el pelo. ¡Qué calor! Mejor una coleta). Nos sacamos los pantalones haciendo el puente sobre la toalla, es algo incómodo. Lo dejamos todo de cualquier manera sobre la mochila. Un poco de crema fresquita, la justa para no parecer gambas después. Por la cara, por los hombros. Y ésta pizca que sobra a las plantas de los pies, que siempre se me olvidan. Ahora estamos pegajosos, y tenemos más calor. Pero, ¿cómo se ha podido llenar la toalla de arena otra vez? Bueno, ya da igual.

Dejamos caer la espalda sobre la toalla. Está muy caliente. Nos colocamos el bañador, que no se tuerza.

Cerramos los ojos. Todo es naranja. Movemos las pupilas bajo nuestros párpados. Abajo, negro; a los lados rojo, y  naranja brillante otra vez. Demasiada luz... Con los ojos cerrados tanteamos hacia la mochila. Mala puntería: arena, palpamos una conchita... ¿pero dónde está? Entreabrimos los ojos y, tras encontrarla ridículamente cerca de nuestra cabeza, buscamos en ella hasta hallar unas gafas de sol, o una camiseta que nos ponemos sobre nuestra frente empapada en sudor. Mucho mejor así. Ahora ya podemos tostarnos tranquilos.

Cerramos los ojos otra vez, y pasan diez segundos. Es entonces cuando nuestro cuerpo parece entrar en trance. Notamos una ola de calor que sube desde nuestros pies, por los muslos, la barriga, el pecho, a la cara. Y vuelve a bajar. La temperatura nos inunda, nuestros pulmones se llenan de aire a medida que el calor sube por el torso. Se vacían, y nos quedamos fríos, pero en seguida el sol vuelve a subir. La sensación de calor es más fuerte en las mejillas, los hombros, las rodillas y el dorso de los pies. Nos quema. ¿Un poco más de crema? Qué pereza nos da movernos otra vez. Así que nos concentramos en nuestra espalda a salvo del sol, y mantenemos la sensación de frescor en la mente.

A los pocos minutos el sol nos abrasa. Nuestros poros se dilatan, los pigmentos explotan dentro de ellos, cuerpo y alma se abren al cielo como los girasoles. Cada ratito, una corriente de brisa suave nos refresca el ánimo para seguir disfrutando.

Llega un punto en el que cada centímetro de nuestra piel desprende calor, como si una hoguera ardiese dentro de nosotros. Giramos la cabeza y entreabrimos el ojo más cercano a la arena. Todo se ve en tonos azulados, es algo surrealista. Una gota de sudor resbala desde nuestra sien. Nos estamos chamuscando. Es el momento de darse la vuelta.

Nos frotamos los ojos con los dos dedos que aún no están llenos de arena. Apoyamos un codo, la cadera, la rodillas y, con esfuerzo… giramos y nos dejamos caer. Esto es muy incómodo, ¿qué hace este brazo aquí? Vamos a colocarnos. Dejamos caer nuestros brazos a ambos lados del tronco. ¿Y si subimos las manos a la altura de la cabeza? O usar el antebrazo de almohada... No, mejor como al principio. Brazos desmayados a los lados. Eso es.

La cabeza mirando a este lado. Excavamos un huequito en la arena con las manos, bajo la toalla. Mm, no; la giramos al otro lado. Así, sí. Cerramos los ojos. Colocamos por última vez la arena bajo la cabeza, y volvemos a dejar los brazos donde estaban. Notamos el calor en las yemas de los dedos. Respiramos hondo. Cuesta un poco porque estamos boca abajo, pero ya soltamos el aire... Y nos invade una nueva ola de calor.

Pero pasa muy poco tiempo hasta que los gemelos empiezan a ardernos. ¡Qué calor! Y pensamos: "Espero un minuto más, y me giro".

Ahora nos arden los hombros ("dentro de un minuto me levanto y me refresco un poco").

Ahora queman los muslos. Un minuto más y al agua.

Cinco minutos más tarde, antes de entrar en combustión, nos levantamos de golpe y corremos a la orilla.

La carrera nos refresca y ahora nos sentimos mucho mejor. ¿Qué hacemos? ¿Entramos o no al agua? Nos llevamos las manos a la cabeza, nuestro pelo está muy caliente. Y las mejillas, y los hombros también. Estamos sudando como un pollo. Será mejor bañarnos. Entremos sin pensar y de una carrera…

A la de tres:

Una,

dos,

¡y tres!

14 de febrero de 2011

Cuadro

(Silencio. La habitación en penumbra. Persianas a medio bajar, cristales rotos. A la derecha, una puerta entreabierta, un pasillo que da al exterior. Una figura encogida tiembla en el suelo en una esquina de la sala. Una mujer. Otra figura, esta vez de hombre. Eres tú. La observas impávido unos metros más lejos. Silencio.)

- Déjame

(Te alejas, despacio. Ella permanece tendida sobre el suelo. Respira con dificultad. Los cortes de sus brazos, la sangre en el suelo. La pitera abierta en la cabeza. Su sangre. Su sangre manchándole el pelo, la ropa, su sangre en tus manos, a tus pies. Tragas saliva. Sabe a sangre.
Das un paso en pos de ella.)

- Vamos, te ayudo a levantarte.
- ¡No! Puedo yo sola. (un estertor. Una tos, más sangre en el suelo. Un susurro) Fuera.

(Trabajosamente, un débil brazo magullado y pálido se empieza a mover. Le sigue el otro. Ambas manos apoyadas en el suelo, por delante de su cabeza. Los tendones se tensan, sus músculos se contraen con esfuerzo. Lentamente, muy poco a poco, se incorpora. A medio camino descansa unos segundos. Ahora, alza la mirada hacia ti. Intuyes sus ojos entre los largos mechones de pelo, sanguinolentos, llenos de polvo. Ojos de odio, de rencor, saturados de sangre.

Sin apartar la vista, termina de incorporarse.)

- Fuera. (La miras, inmóvil. Tiene un labio partido) ¡He dicho que LARGO!

(Un rugido de leona herida. Mejor será obedecer.
Te giras, y andas hacia la puerta. Antes de salir, oyes sus sollozos a tu espalda.
Y echas a andar.)

(Oscuro.
Y baja el telón.
Aplausos.
Cuentas: un, dos, tres, cuatro, cinco, y sales. Ella te espera de pie. Le tomas la mano. Se alza el telón, sonreís, reverencia…
Y aplausos,
aplausos,
aplausos…)

25 de enero de 2011

Desde mi ventana

Las estelas de nubes blancas se cruzaban en el cielo. Se entretejían, asemejando una red en la que los pájaros cautivos del atardecer se movían nerviosos. Sabedores de su encierro se resignan, y planean hasta posarse en los tejados.

De cara al último sol dorado de la tarde, desde lo alto de una azotea coronada de antenas de televisión, algunos gatos otean a lo lejos. Quizá miran a los pájaros. Quizá a la reja de nubes que alguien ha regalado hoy a esta vieja y cansada ciudad.

Mira… ¿Ves ese cielo azul, allá a lo lejos? Tras los barrotes de blanco vapor de agua… ¿lo ves? Nunca será tuyo. Pero siempre podrás soñar con él.

¡Ay, pobre Ciudad! Pobre, vieja, triste y cansada Ciudad. Tus viejos edificios, tus tristes avenidas y tus cansados habitantes.

No llores. Mira, ya viene el río, contándote historias del Este. Tranquila, ya se va el sol. Dentro de poco dejarás de ver esas rejas blancas.

Duerme, Ciudad, arrullada por los coches y bañada por la luna. Con el nuevo día olvidarás la noche, y con la noche olvidarás el día, y pasarán los años y finalmente olvidarás quién eres.

Y poco a poco, el sol se despedía de nosotros, pero sólo los gatos y yo nos dimos cuenta. Y la luna ni tan siquiera se molestó en salir.



Mañana será otro día… Otro día más...

12 de enero de 2011

Las ideas caminan de la mano



voy a consumir el tiempo que Queda entre hoy y mañana

Quedaré con alguien a quien no haya Visto en horas

Veré amanecer desde todos los Lugares del mundo

viajaré al Lugar en el que las Estrellas se engarzan en la vía láctea

me Estrellaré contra todas las barreras Ideológicas

Idearé el método para Arrancar unas lágrimas a un cactus

Arancaré la línea que separa el día de la noche, y me Ataré con ella el pelo

encontraré en los desvanes fajos de cartas antiguas Atadas con Lazos de raso

Enlazaré sílabas para que mis versos Entren en cintura

Entraré en callejones oscuros, y Saldré por donde vine

alcanzaré la Salida a la caverna, llegaré al mundo real Inundado de luz

Inundaré con nuestra sangre todos los rincones de esta Habitación

Habitaré en una Tela de araña durante el frío invierno

romperé el Telar de penélope, y escribiré a ulises para que vuelva a casa a Buscarla

Buscaré entre la Uña y la carne a los verdaderos amigos

lucharé con Uñas y dientes por un espacio en tus Pensamientos

Pensaré que todo esto ha sido un Sueño

Soñaré que Creíste verme entre los cortinajes de la aurora boreal

Creeré en el poder de la música para amansar a las Fieras

me adentraré en tu Fiereza y encontraré tu corazón Tierno

abrazaré con Ternura al bebé más Pequeño y desvalido

Empequeñeceré hasta que de mí no quede más que una Frase

“ésta Frase diminuta”